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13 de noviembre de 2016

El diario de Vinny: Lacacar

El diario de Vinny
Domingo, 13 de noviembre de 2016

Mi carro estaba en un estado de suciedad absoluta debido a que lijaron para pintar el techo de la terraza que está junto a mi garage, además de la mugre normal de las carreteras y las recientes erupciones volcánicas del Turrialba; por lo tanto el viernes lo llevé al centro de lavado porque en la tarde y noche iría a la graduación de sexto grado de mi sobrina Jimena, y al día siguiente tenía la fiesta del segundo cumpleaños de mi prima Antonia. Claro que en ambas celebraciones no importaría mucho el estado de limpieza de mi carro, pero tenía que llevar algunos familiares, y no quería hacerlo entre pelos de KiKa, además de que ambas actividades iría vestido bien y moderno, y no quería hacerlo en un carro que no se luciera o que no me ayudará a lucirme.

Pasé a la veterinaria para dejar a KiKa, hospedándose en un cinco estrellas para perros, y al día siguiente tendría desparasitación, vacunas, baño y corte y limado de uñas. 

Llegué al lavacar e hice fila de segundo mientras terminaban con alguno de los tres carros que estaban atendiendo. Antes que el mío entraría una microbús, conducida por un hombre que hasta este momento no tenía la más mínima importancia, pero que luego se convertirá en uno de los actores importantes de este relato. 

Pasó el carro de adelante y luego yo hice lo mismo; minutos después llegó un RAV4 de Toyota, de modelo no muy reciente, conducido por un muchacho de buen ver, de unos 32 años, que para que logren imaginarlo les diré que era de bonita cara, piel blanca y quizá un jeans talla 32 con una camisa tamaño -médium- floja, pero si me hubiera dejado asesorarlo le habría recomendado la talla -small- con pantalón 30 más ajustado. 

Hasta este momento no había determinado al señor que entró antes que yo, me fui a sentar a una de las tres sillas de espera disponibles mientras revisaba mi iPhone en busca de algo que me mantuviera entretenido; lamentablemente no había nada en las aplicaciones o redes sociales que no hubiera revisado ya, incluso varías veces.

Los muchachos que trabajan en el lugar, seguramente no muy bien pagados y vestidos casi en harapos, atendían los tres vehículos mientras escuchaban a mucho volumen la música más espantosa, era casi de terror; pero ellos estaban felices y haciendo sus deberes, mientras que silbaban las tonadas que hubieran hecho a Vivaldi quitarse la vida  de inmediato; tenían un jugueteo entre ellos cuando se pasaban los paños o los recipientes para jalar agua; e incluso en algunas canciones hasta practicaron unos pasos de baile, todo esto sumado a los ruidos de los carros y al escándalo de la aspiradora de polvo que usaban y de la pistola de agua que funciona con un compresor que no debe ser el más amigable con el ambiente ni en contra de la contaminación sónica. 

Sin embargo y aunque no eran ni serían mis amigos o las actividades sociales que podrían fascinarme, era un ambiente festivo que celebraban trabajadores haciendo sus tareas con buen ánimo. Por lo tanto, contrario a como lo expuse, era bonito estar ahí, siempre y cuando lo hiciera con la actitud correcta, o con la actitud que me parece correcta, porque cada uno de ustedes tendrá su rollo y su desenrollo. 

Los tres espacios para sentarse estaban acomodados de forma tal que de ser diez hubieran formado un círculo. Yo escogí, sin ninguna valoración aparente, la silla que estaba más cerca de mi carro. A los pocos minutos y luego de dar las instrucciones de lavado, llegó el chico del Toyota con quien hice el más corto de los contactos visuales y que intenté saludar con un levantar de cejas, que prácticamente fue ignorado por él y me hizo empezar con mi valoración y análisis.  

Debe ser -un niño- no necesariamente rico, pesado, que está lavando el carro para irse de fin de semana, o bien es el chofer/mensajero de una venta de carros, que lo enviaron a lavarlo y camina como si fuera de él. Y así traté de armar un perfil a partir de lo poco que había visto y a falta de publicaciones nuevas en las Apps de mi iPhone.

Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando llegó a sentarse, en medio de ambos, el señor de la microbús que traía todas las intenciones de convertirse en actor protagónico de este escrito, y logró cuando abriendo el periódico, seguramente La Extra, y encontrarse la foto de Donald Trump junto a la noticia de su reciente victoria, y con muchas ganas de conversar empezó a tratar de conectarse con nosotros dos, aunque del muchacho no obtuvo ni un alzar de cejas, ya sabemos que es un creído y un tanto pesado, o mucho.

Empezó diciendo que no entendía para que ponían esa noticia, que a él no le interesaba, que seguiría trabajando por sus cosas, pero que lo tenía sin cuidado lo que pasara "aa" (forma sencilla y rural de decir -allá-). 

No he aprendido que hay comentarios que deben ser ignorados y que debí haberle respondido con alguna expresión sencilla o vez una corta sonrisa, o bien ignorarlo como hizo -Mr.Pesadito-; pues no, como buen -jetas- pensé que algo podría enseñarle y le dije que hay muchas noticias que nos interesan a unos y no a todos, y que él podía buscar lo que le interesara en ese periódico; pero me discutió el punto sobre Estados Unidos, y casi sin respirar me habló de la corrupción en Costa Rica, porque tiene un amigo que se compró un carro para ponerlo a trabajar y llegaron los -cabrones- (sic) del tránsito y le hicieron los partes, que deberían dejar que quien quiere trabajar que lo haga.

Interesantemente para él la corrupción es del gobierno, no del carro ilegal, y tal vez podría autorizar que cualquiera trabajar en lo que quisiera, mientras trabajará, lo que sin duda alguna no me parece.  Pero yo estaba aprendiendo, me quedé en silencio esperando que se concentrara en su periódico y me dejara en paz; pero al ver que ese tema no funcionó, siguió con el siguiente: "Vea, es como a mi, tengo mi carro en orden, con todos los papeles al día, todos los marchamos pegados y paga'os todos los seguros, y -cada nada- me están parando para revisar". 

Este -jetas- cayó en la trampa y volví a hablar: -¿Y qué importa que lo paren si está en orden?, -¡Yay!, que lo que quieren es una -mordida-; ¿Y que importa que eso quieran si usted está en orden?

Al menos y aunque fui irresponsable al responderle, no tuvo mayores argumentos y no pudo responder, pero pasó al siguiente tema, que seguramente formaba parte de los puntos que toca cada vez que se encuentra con alguien, esperando co seguir aliados en su despreciable vida de insatisfacción; pero yo no caería más en ese jueguito, y me prometí no responder o cuestionar sus pobres puntos de vista. 

Pocos segundos después dijo: "vea, todo es parte de la -corrucción- (sic) de este país", al menos logró que con esta pequeña frase el chico pesado me volviera a ver y alzara tímidamente sus cejas en desaprobación al comentario, mientras -el roco - agregaba: "es como el Presidente que solo se la pasa viajando, así cualquiera".

Empezó un diálogo interno en mi cabeza: "no responder... no decir nada... ignorar"; pero perdí, no pude contenerme, ya había sido demasiada ignorancia y demasiados intentos de hacerme perder la paz, y lo logró.  Le dije: "Señor, el Presidente se va de viaje en clase económica, lo que de todos modos es bastante incómodo para su tamaño, llega al destino y atiende la primera de cuatro reuniones, por la noche tiene una cena de estado y se acuesta a las 11 de la noche para levantarse a las 4, porque a las 7:30 empieza la primera de tal vez diez reuniones y volver a terminar casi a la media noche. Al día siguiente se levanta temprano, va a un par de reuniones más, toma un vuelo, llega a Costa Rica y se va directo a la oficina. ¿Usted cree que eso es vida?"

 Ciertamente no obtuve respuesta, de verdad no logré contenerme y hablé; pero al menos tuve dos ganancias, el viejo peleón e insatisfecho se levantó sin decir palabra, y se fue; además el chico me miró y empezó una conversación; lo malo es que prácticamente quiso hablarme para regañarme, una de esas maravillosas reprimendas que envía la vida, para entender un poco a los demás.

Me dijo que la gente hablaba por hablar, que no siempre estaban enterados y que era mejor ignorarlos y tratar de tener presente que nunca sabemos lo que pasa por la cabeza de otros. Que cuando se equivoca en carretera se disculpa, y que cuando alguien comete un error lo hace pensar en los problemas que esa persona puede tener. 

Esas fueron las dos primeras lecciones, debí haber ignorado, como lo hizo él, al señor que quería buscar pleito con la vida; y segundo no debí haber hecho una valoración irresponsable de quién y cómo es este chico.

La conversación siguió fluyendo mientras casi solo él hablaba mirando fijo al espacio, no hacía mi, con pequeñas interrupciones mías haciéndole preguntas, casi no comentando nada porque quería aprender lo que quisiera o pudiera enseñarme, y no era el momento de dar yo la lección.

Me dijo que tenía una niña de dos años que nació con parálisis, que la llevan a terapia todos los días y esperan que logre caminar algún día, que tiene que comprar una silla que cuesta como 4 millones de colones y que está lavando el carro para entregarlo y comprar uno nuevo, sin impuestos, con placas especiales por la condición de su hija, y que todo esto lo hacía con gran esfuerzo.

Ok, no lavaba el carro para irse el fin de semana con sus amigos, sino para seguir con una vida llena de problemas, pero también de satisfacciones. Fui golpeado por la vida en ambas mejillas por mis valoraciones irresponsables y sin variables de peso.

Le pregunté cómo haría una familia sin recursos para sobrevivir a una situación similar, y me dijo que él no tenía recursos, que había hecho cientos o miles de trámites para conseguir que el estado le diera la exoneración para el carro, para conseguir rehabilitación del Instituto Nacional de Seguros y para lograr que la Caja del Seguro Social le diera el cheque para la silla, así como para algunas férulas que han sido importantes para el buen desarrollo de su hija.

Le dije entonces que tal vez él no tenía plata, pero los recursos los había tenido gracias a su esfuerzo y a trabajar adecuadamente en los canales correspondientes. Eso lo hizo soltar una sonrisa, al darse cuenta que yo tenía razón y que su vida era superada gracias a su trabajo constante. 

Me dijo que era impensable que la gente se quejara del gobierno, sin saber lo qué hacen o cómo lo hacen. Obviamente él era un buen ejemplo de una administración que trabaja por los suyos, aunque no todos seamos testigos de esas ayudas, gracias a Dios debo agregar. 

Fue una experiencia interesante. Mi carro quedó perfectamente limpio, y mi forma de pensar también recibió un baño agradable por conocer a los chicos que trabajaban con alegría y al muchacho de grandes logros con el que pude hablar; y el hombre invisible y descontento, solo sirvió para darme a entender la manera en cómo nunca quiero ser. 

Vinny 




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