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8 de enero de 2016

El chico de la chaqueta roja

El chico de la chaqueta roja

Vinicio Jarquín C.
7 de enero de 2016


Esta noche estuve pensando mucho en la vida que cada uno vive y la forma de mirar el mundo, la cual es muy distinta entre unos y otros, y aunque pienso que para todos este planeta es igual, lo vemos con diferentes ojos y es distinta la manera que tenemos para pasarla mientras aquí estamos, para vencer las adversidades y para disfrutarlo, así como no es la misma manera de verlo que tenemos unos y otros.

La forma de ver el calendario o almanaque mental es distinta para todos, unos ven los meses en una línea constante e infinita, y otros lo vemos como un círculo parecido al reloj, que se acaba y se une al próximo, siendo una constante periodo a periodo, con meses que suben y bajan para completar la vuelta de doce secciones. Algunos incluso asignan colores a cada día tan solo por ser ese día, y otros como yo los ven todos del mismo color y a los domingos de un tono rojo fuerte.

Así mismo es la manera en como vemos las distintas situaciones, los problemas, las alegrías, la sociedad y las relaciones interpersonales. Algunos tienen su mundo abierto y se conectan o interconectan con todos los que pueden, haciéndose rodear de un número grande de amigos, al mejor estilo de muro de Facebook, pero que no me atrevo a cuestionarlos porque así es su forma de hacer grata su presencia en la tierra. Otros se limitan a un número moderado de amistades, organizando sus brazos imaginarios para estar en contacto con estos y aquellos. 

También están los que en algún momento de su vida son de una manera y en otro de una más distinta; pero no es de esos de los que hoy quiero hablar, y dejando de lado cualquier comparación con un narcisista, tampoco es de mi que quiero escribir hoy, sino de aquellos que he conocido en algunos momentos, que viven encerrados en un caparazón, que aunque no sea tan grande o grueso como el que otros tienen, puede ser una simple seda que los separa del mundo para encontrar la paz en su soledad, o más bien en su individualidad. 

Estas personas que disfrutan enormemente el encontrarse consigo mismo y esos pequeños viajes a su yo interno, que pueden viajar por habilidad propia o de vez en cuando se agencian herramientas o recursos que los hacen "volar" sobre los demás y sentir el viento en la cara, mientras el mundo se enreda en sus propios mecates.

Esas personas que cuando salen a caminar a un mundo gris, o más bien a un mundo en blanco y negro, usan la chaqueta roja acostumbrada, que los hace ser distintos al resto, aunque el resto no los identifique. 

Pueden ser un poco solitarios, o más bien pueden parecer solitarios para aquellos que no logran reconocer que son seres superiores que pueden ser su propia compañía. Pero lamentablemente necesitan un abrazo de vez en cuando o de un lugar al que llegar a descansar junto o sobre alguien que los entienda sin cuestionarlos.

El tema es que estas "almas" (nótese el entrecomillado) no salen en busca de esas aguas apacibles y cariñosas o de esos prados de paz y amor, solo están ahí esperando que alguien descubra su verdadera identidad, que sople fuerte para remover la suave seda que los protege del ambiente, y que les de la mano; no porque se requiera de apoyo para levantarse, sino porque quieren caminar asidos a aquel que pudo ver más allá y reconocer la chaqueta carmesí. 

Por y para ellos escribo, para contarles que aquí afuera el mundo sigue siendo un lugar hermoso, tan hermoso como el universo que se han sabido construir para su propio deleite. Escribo para prometerles que si algún día creo estar en capacidad de soplar para poderlos visitar, lo haré; y ese día trataré de ofrecer mis dos manos que agarren las suya, para que aquí afuera o allá adentro, sienta que hay amores que se conectan con el espíritu, sin importar el cascarón.

Hoy, chico de la chaqueta roja, seré tu remanso; y aunque no voy a "volar" con vos, seré quien opere las luces que te indiquen donde aterrizar, por más oscura que esté la noche. 

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