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14 de abril de 2018

El cohete que me afectó el alma


“El cohete que me afectó el alma”
(21/11/15 - 16/12/15 - 09/01/18 - 10/02/18)
Vinicio Jarquin C. 

Estábamos a muy poca semanas de despedir el año 2015, que por muchas cosas había sido un tiempo maravilloso, y en estos días parecía serlo mucho más.

Nuevos “agregados” humanos me daban alegrías particulares; nos conocimos. Fue de improviso, sin advertirlo, y por supuesto sin oponer resistencia. Sin embargo y aunque fue muy poco tiempo que duró, tuvo magia.

Estaba en la base espacial, con mi nuevo y querido amigo. Conocimos los sistemas vitales, las máquinas, las computadoras, y todo nos tenía fascinados a ambos, o al menos eso era lo que yo pensaba. Vimos el gran cohete que estaban diseñando, y tal vez de alguna manera pensé que lo usaríamos para conocer nuevos mundos.

No habían pasado ni tres semanas de estar ahí, cuando sentí como temblaba el edificio. Un fuerte calor llegó a las instalaciones y pude ver cómo el cohete arrancaba motores, ahí, frente a mis ojos, mientras un vidrio grueso nos separaba.

Estaba solo, me quedé solo. Pude ver cómo mi amigo, ese “amigo eterno”, cerraba la puerta de la nave, estando adentro y yo afuera. Preparó todo y despegó, dejándome aquí.
Varios días, o incluso semanas, me quedé sentado en una sillita de la sala de control, pensando que había sido un juego, y que pronto brincaría dándome un susto; pero no sucedió. Me quedé sentado suponiendo que había sido un error, y que pronto recibiría una señal de -SOS- y tendría que encontrar los recursos o la manera de ir a su rescate; pero no sucedió. Me quedé esperando, podría ser que necesitara hacer un viaje corto por la luna, y que en pocos días regresaría, y que cuando volviera le ayudaría a aterrizar, y quería que supiera que no me fui; pero no sucedió. Se había ido.

Viví unas semanas duras luego de esas separación, y algunos días de mucho dolor. La separación era extraña, pero el silencio era el arma homicida que me carcomía poco a poco. Me levanté de la silla de la esperanza, tomé mi maletín, sequé mis lágrimas y decidí irme de la base espacial. Caminé pensando que si algún día me enviaba una señal, yo volvería a este mismo lugar, botaría las puertas, encendería todo, y aunque fuera con señales de humo le ayudaría a aterrizar a salvo; pero no sucedió.

Me fui sumergido en el gran dolor que probablemente sentiría un adolescente, y que no era correcto en esos tiempos. Llegué a mi casa, dejé pasar un tiempo y empecé a desconectar los sistemas de comunicación, salirme de las redes y borrar su rastro, porque ya para entonces sabía que no fue un error. Se había subido, había cerrado y partido, sin mirar atrás.

La calma finalmente llegó, volví “a la vida”, y continué derecho por el sendero que tenía marcado; pero recordándolo de vez en cuando, pensando si podría verme desde las estrellas, o si yo lograría verlo si miraba al cielo; pero eso era una utopía o u sueño loco que no era posible, y que finalmente nunca intenté.

Pasaron cerca de dos años, en los que tengo que confesar que ya poco pensaba en ese incidente o pérdida. Tal vez lo borraba para que no me doliera, porque ya no me interesaba, o porque simplemente yo también, de alguna manera me había ido.

De pronto llegó aquel día en que por cuestiones del destino, estando en una ciudad distante, llegué a una feria espacial, y pude ver diferentes tipos de naves galácticas. Vino a mi mente aquel día de dolor, pero también vinieron los buenos recuerdos y las vivencias. Me acerqué a una consola de comunicación que nadie estaba resguardando, y recordando el código de aquel cohete, le envié un mensaje corto, con la esperanza de que lo recibiera, pero sabiendo que era imposible.

Minutos después, estando ahí todavía, la pantalla se encendió y un pitó ensordecedor llenó el ambiente; se recibió un mensaje desde el cohete en el que viajaba mi otrora amado amigo.

No pude dejar de soltar una lagrima, tomar una fuerte respiración, sentarme y responderle de vuelta. Quería decirle lo que lo extrañaba, quería decirle lo que en algún momento lo había querido, quería hacerle saber que ya esos sentimientos habían quedado sepultados para siempre, pero que le deseaba un buen viaje, pero no pude hacer nada de eso, le devolví otro mensaje corto, y apagué. No recuerdo exactamente cómo me sentí. Supongo que lo extrañaba y que algo se había despertado, pero no podía darme ese lujo. No podía volver a lo que vivimos y mucho menos a lo que sentí. Apagué el panel de comunicación y me senté en la terraza del piso 29 del hermoso edificio en la capital chilena. Cerré mis ojos y pensé en otra cosa. El tema volvió a estar desconectado y la vida continuó.

Algunas semanas después, junto con amigos queridos visitamos otra plataforma de despegue, como muchas otras había visto en la vida, incluso después de aquel día. Eran tantas o tan constantes las visitas, que ya las hacía sin la esperanza de volver a ver a aquel cohete que alguna vez despegó, dejándome viendo hacia arriba en la mayor de las incertidumbres.

Esta vez fue diferente, ahí estaba. Pero no el cohete, era él. De alguna forma su vida había cambiado y había vuelto a la tierra, ahora en la mejor de las compañías. Ahí estaba, de pie, erguido, fuerte, con un gran récord de batallas ganadas.

Estaba en medio de un grupo, alejado. Vi como si una pantalla se encendiera, usando un viejo sistema “D.O.S”, en la que empezaron a pasar, de abajo hacia arriba, cientos de preguntas. ¿Me acerco o no?, ¿lo ignoro?, ¿lo saludo con un apretón de manos?, ¿lo abrazo?, ¿Le reclamo?, ¿dejo pasar el tema?, ¿me devuelvo y me voy corriendo de aquí?, ¿ Y si me voy cómo me sentiré?, etc.

Mientras las preguntas pasaban y pasaban, unas nuevas y otras repetidas, mi sistema principal de emociones había tomado el control, y yo estaba caminando hacia él.

No recuerdo exactamente el nivel de reclamo que le hice, como tampoco recuerdo lo que le dije exactamente. No puedo imaginar la cara yo que llevaba, aunque seguramente estaba intentando tener la más neutral posible; pero tengo grabado su rostro, que con una pequeña sonrisa, algo nerviosa y de pena, me decía algo como: "volví, aterrice, después te cuento".

Después te cuento, no, yo quería saber algo, algo necesitaba escuchar. No se le puede hacer esto a un amigo y sólo darle esa explicación.

La noche transcurrió y algunas respuestas aparecieron. Respuestas bastante satisfactorias voy a decir.

Me aseguró que había vuelto a vivir a la tierra, ahora más seguro, más confiado, más maduro y más estable. Y me alegro por él con todas las fuerzas de mi corazón, porque finalmente, en algún momento de los meses de dolor, solo añoraba un mensaje en el que me dijera que estaba bien, aunque fuera viviendo en otra galaxia.

Volvió, incluso ahora no sé qué significa eso. Si solo ha vuelto a la tierra por un tiempo y tiene el cohete escondido entre los matorrales, o vino a residir aquí. Y de ser así, tampoco sé cuándo lo volveré a ver, o si lo volveré a ver. Y lamentablemente no me queda claro si ahora que vive aquí piensa lo mismo que antes o sólo hemos arreglado el pasado sin un futuro por formar.

Lo que sí me queda claro es que está muy bien, se ve feliz y parece que va por buen camino, que es lo que finalmente he deseado en estos años, y hoy podré dormir en paz. Podré dormir en paz aunque tantos pensamientos ronden mi cabeza, y no pueda apagar esta sonrisa.

Bienvenido a la tierra querido amigo.


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