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4 de diciembre de 2019

Paz durante la tormenta


Paz durante la tormenta


Vinicio Jarquín C.
4 de diciembre de 2019
Hospital Blanco Cervantes


Los últimos meses han sido difíciles para nosotros como familia, primero mi mamá empezó con un dolor en las piernas, seguido por un padecimiento de mi hermano, que terminó con su partida al cielo, acompañado por mi abuelita tres semanas después. Mientras que los dolores de piernas continuaban sin dar tregua nosotros pasábamos el proceso normal de dos penas de luto.
Sacando recursos financieros de donde no siempre era fácil o sencillo, empezamos a visitar médicos privados y especialistas que sugerían tratamientos u operaciones de altísimo costo, y la solución no parecía estar llegando ni pronta a aparecer.
Fuimos a la Clínica de Pavas por vivir en Rohrmoser, para revisiones generales de mi mamá, dándonos cuenta del excelente servicio, o a lo que nosotros nos parecía el gran servicio o atención de la clínica de nuestra zona.
Estando ahí y como los médicos resolvieron que el problema era un desgaste severo de cadera, nos remitieron al Hospital Blanco Cervantes, no tan cerca y muy desconocido para nosotros.
Llegamos al hospital un poco preocupados, ciertamente con actuar tímido ante lo nuevo, y con la esperanza de poder recibir un servicio al menos similar al de la clínica de Pavas. Fuimos sorprendidos.
Desde el primer día y desde la primera persona que nos atendió nos hizo sentir importantes, y más que eso, hizo que mi mamá sintiera que su padecimiento era importante para ellos, que estaban comprometidos con eliminar su dolor, con ayudarle a tener una mejor vida y con estar pendientes de ella.
Todos los días que tuvimos citas de revisión, con uno o con otro médico, fuimos atendidos antes de la hora acordada, las medicinas entregadas a tiempo, y el personal sonríe y está pendiente de un servicio de primer mundo, con letreros en las paredes, para ser leídos por el personal, que dicen: “Aquí todos los pacientes son ciudadanos de oro”, y parece que han hecho de esa frase su lema, su propósito y lo que los motiva para trabajar de la manera en como lo hacen. El personal sonríe a nuestro paso, dan los buenos días y ponen atención a cada una de nuestras consultas.
Luego de varias citas los especialistas en geriatría decidieron que mi mamá era candidata para entrar al programa de rehabilitación que ellos llaman “Hospital de Día”, y luego de las entrevistas con la terapeuta física, la terapeuta ocupacional, la terapeuta de lenguaje y la trabajadora social, fue aceptada en el programa que incluye dos visitas semanales durante dos meses.
Ya estamos muy pronto a terminar la incorporación en el programa, y estamos tristes por eso. Fueron momentos hermosos para los dos. Para mí porque siempre la dejé contenta y la veía feliz cada vez que íbamos para allá, y para ella porque verdaderamente le ha ayuda física, social y emocionalmente, porque lo ha disfrutado, porque ha conocido personas agradables entre sus compañeros de terapia y porque se ha sentido persona importante con todos los que han tenido que ver con ella, y con los demás.
Hoy ya no estamos tímidos ante lo que nos sucede en temas de salud, ni perdidos en cuanto a las soluciones o preocupados por el altísimo monto financiero que resolvería el tema de salud, porque hoy nos hemos visto “cara a cara” con el  Blanco Cervantes y su personal, y esto nos hace sonreír y agradecer a Dios por cada uno de ellos y por la iniciativa de la Caja del Seguro Social, de tener este hospital para adultos mayores.
Sólo una visita nos separa de salir del programa de Hospital de Día, y eso nos entristece un poco, pero queremos hacer una lista de las bendiciones recibidas y de los momentos felices, y no de la sensación de separación que ahora tenemos. Y estamos seguros que el camino que todavía nos falta, en citas y finalmente con la cirugía, será tan agradable como cada vez que tenemos que ir al hospital.
Como detalles tengo que mencionar que aunque hay sectores a los que el público no debería entrar, no hay nadie mal encarado que te detenga, alguien adentro te explica el procedimiento e indica dónde poder esperar. Se puede parquear a la entrada mientras se baja el adulto mayor y nadie parece estar a la defensiva, con aires de superioridad o complejo de autoridad.
La verdad es que como “usuario” no puedo estar más agradecido, y como escritor me cuesta encontrar las palabras para describir lo que se vive estando ahí, por dicha hemos ido tantas veces, y siempre salimos contentos y esperanzados.
A todos ellos, chicos sonrientes y preparados, mil gracias. Mil gracias por la atención que le dan a nuestros adultos mayores, y mil gracias porque se preparan día a día para cuando sea yo el que con pasos lentos y mirada baja tenga que cruzar sus puertas. Así, y con ustedes, no da miedo envejecer.


6 de febrero de 2019

Un momento en la inquisición


Un momento en la inquisición



Cerré mis ojos y me transporté al tiempo entre los años 1400 y 1500. Estaba la inquisición en su máximo apogeo.
No me importaba mucho, no tenía nada que ver conmigo, y tal vez sólo era un observador de lo que ocurría en esos tiempos monárquicos. De hecho, por un momento estuve feliz de ser testigo de esos tiempos y alejarme de los míos, a nivel de experiencia.
De pronto escuché a una mujer gorda, con faltante de piezas dentales, gritar: ¡Sara es bruja!
Un silencio sepulcral se apoderó del pueblo, hasta parecía que el viento había dejado de soplar, y por lo tanto ya no llegaban tanto esos aromas desagradables de basura en las calles, excremento humano, y personas que tenía semanas sin bañarse. Y podía seguir observando esas casas de recursos bastante limitados, descuidadas y de arquitectura diferente, si se le podía llamar arquitectura a esos ranchos pegados entre sí, separados por callejuelas en tierra, y algunas empedradas.
De pronto todo este –romanticismo histórico- fue interrumpido por la voz chillona de otra mujer que gritaba: ¡quemadla!
El viento empezó a soplar, realmente todo olía a mierda. Las ventanas de madera empezaron a abrirse y casi en coro las personas gritaban “¡bruja, quemadla!”, aunque yo podía estar seguro que muchos de ellos no sabían de quien se trataba, o qué cargos tenían en su contra. Era una histeria colectiva. Llegue a creer que lo hacían en un intento de poder gritar, a los cuatro hediondos vientos: “yo si soy bueno, yo no soy así”.
La gente empezó a congregarse en una plaza cubierta por excremento animal y algunas ventas callejeras, incluyendo comidas de apariencia bastante desagradable. Y poco a poco empezaron a presentar pruebas irrefutables, de la culpabilidad de la bruja.
Un señor dijo que a altas horas de la tarde, desde el techo de la casa de la señora, salía un humo blanco, más blanco del que él alguna vez había visto. Aseguraba que no podía ser nada más que un hechizo o que estaba cocinando brebajes para hacer sus fechorías.
Una señora de apariencia desagradable, que tomaba las manos de dos niños, aseguraba que cada vez que pasaba por la casa de la ya considerada bruja, ella veía a sus niños con una mirada que sólo el mismísimo diablo podía hacer.
Y así, esos argumentos empezaron a llegar, principalmente de mujeres que tal vez se querían comparar con la condenada, y que lo hacían con la esperanza de que los demás también pudieran ver la diferencia entre ellas, y llegaran a considerarlas santas, benditas y libres de todo pecado.
La bruja amarrada fue asida a un madero en medio de la plaza, un sacerdote católico comandado por la santa monarquía, escuchó los argumentos y dictó sentencia. No pasaron más de veinte minutos y ya estaba siendo levantada la hoguera.
Un hombre fornido, bajo las ordenes de la Santa Madre Iglesia se acercó para hacer los honores; con una tea fulgurante prendió los leños y la bruja fue quemada viva, mientras todos seguían gritando sus argumentos de condena y feliz de lo sucedido.
Todo terminó en poco tiempo, y cada uno fue regresando a su casa, tranquilos por el trabajo que habían hecho y satisfechos porque pudieron ser parte de este juicio justo que se le hizo a una mujer. Y por supuesto muy honrados de que sus argumentos fueran tomados en cuenta, aunque algunos de ellos fueron inventados momentos antes.
Yo ya no podía estar ahí ni un minuto más. Volví a cerrar mis ojos y con fuerza traté de volver a mi tiempo y a mi mundo. No podía ser testigo de esos falsos testimonios, porque aunque tal vez algunos si eran verdad, no lo sé, muchos se veían inventados y sacados de una leyenda urbana o de la impresión que alguno tuvo de la bruja.
Desperté en mi tiempo, frente a mi escritorio. Estaba feliz de que esta inquisición, al menos para mí, hubiera terminado.
¿Terminado?, en mi pantalla estaba Facebook. La inquisición no había terminado. La gente que publicaba decía cosas que no les consta. Condenaban a los acusados tan sólo porque no les simpatizaba, sin tomar en cuenta las resoluciones de las cortes.
Argumentos de personas que se dejan llevar por las masas, por lo que otros dicen, por lo que quieren inventar y por lo que desean decir. Seguros todos de que al condenar al sospechoso, sin juicio, los haría parecer santos, benditos y escogidos.
Personas que se regocijan mientras condenan a los que son diferentes o a aquellos que han sido acusados por un delito, sin esperar un juicio justo.
Volví a mis tiempos, y pude ver a más de uno, incluso de la mano de sus niños, condenar por puro gusto o movidos por sus más infames deseos.
Volví a mis tiempos, viajé de una inquisición a otra, y tengo que decir que aquí, como allá, también huele a mierda.

Vinicio Jarquin .com

23 de enero de 2019

¡ ¿ Resentimiento ? !

Algunas veces cuando escribo, el ego se apodera de mi, y expreso los detalles como si tuviera la respuesta correcta para todos; luego reviso lo anotado y trato de escribir más universalmente, o alguien llama mi atención con algún comentario, y permito a la humildad hacer su trabajo, y darle un giro a lo que consideré que era “la pomada canaria”, perfecta para todos.

Otras veces, como lo estoy haciendo en mi libro “El Viaje”, anoto la problemática o la situación, según corresponda, y señalo las herramientas que a mí me sirvieron en ese momento, por si pueden servirle a alguien. O finalmente como lo hago hoy, puedo escribir sin tener respuestas posibles, o “bateando” entre ellas, que es cuando no pretendo dar una posible solución, sino simplemente hacer conciencia de lo que sucede, para estar atento a la posible solución o alternativa, a la herramienta adecuada, o a ser permeable a lo que la vida quiera decirme para aprender, crecer y avanzar.

Esta mañana me cuestionaba acerca del resentimiento que algunas veces tengo con algunas personas, por acciones que hicieron o no hicieron, y quedó sin respuestas con respecto a mí actuar. Sé que los principios cristianos dicen que hay que perdonar y olvidar, pero ¿qué significa olvidar?, porque la memoria no se puede trabajar manualmente. También, alguien más -legalista- habla de poner la otra mejilla; pero eso de verdad se ajusta a nuestros tiempos, ¿andar por ahí recibiendo golpes y ponernos para que nos den otro?; y así, muchas preguntas se revientan contra y dentro de mi cabeza, tratando de encontrar la mejor solución. 

El autofacilitador que tengo instalado corre para buscar la mejor alternativa, analizar el equipo, como lo hace un ingeniero de sistemas, para encontrar el daño; aunque en este caso no funciona eso de "apagar y prender". Las herramientas aprendidas a lo largo de mi vida, se revuelcan en su caja esperando ser llamadas. Ellas no pueden actuar por sí solas, pero están listas para trabajar cuando sean solicitadas o llamadas a la acción.

La inteligencia emocional camina como si supiera las respuestas, pero está tratando de saber qué hacer. Ella tiene que descubrir las emociones y los sentimientos propios, reconocerlos, manejarlos y crear una motivación propia, así como gestionar las relaciones personales; pero tiene pocas variables para encontrar, tanto el problema como la solución. 
Y finalmente la resiliencia, que es la encargada de superar las circunstancias traumáticas, no puede dar en el clavo rápidamente, y aunque su posible solución generalmente va de la mano con los principios cristianos que tengo instalados, el autofacilitador no le da luz verde para la recuperación, y por lo tanto las herramientas siguen sin instrucciones claras para actuar, provenientes de la inteligencia emocional.

Creo que cuando nos vemos en una de esas circunstancias de resentimiento, muchos ya sabemos qué es lo correcto, la inteligencia emocional y la resiliencia lo indican, pero la verdad es que aunque sepa que es mejor dejar ir y olvidar, no encontramos las herramientas para hacerlo.

Esta mañana mientras revisaba Facebook pude ver la publicación de una amiga muy cercana; una nota que no tenía nada que ver conmigo, pero me hizo sentir resentimiento porque recordé que aunque somos o fuimos muy cercanos, no he recibido ni una llamada suya en los meses en que he estado pasando por el dolor del luto por las recientes pérdidas que tuve.

Entonces mi sistema "colapsó" (entre comillas porque no es para tanto), y empecé a hacer una lista de esas personas que últimamente han tenido acciones que no van con lo que yo llamaría "solidaridad". Esas personas que se esperaba que estuvieran cerca y que reaccionaran en determinados momentos, y prefirieron alejarse y como lo dijeron "hacer sus propias vidas", alejándose de la responsabilidad, y las obligaciones que trae la familia o el amor por ella.

La lista continuaba creciendo en mi cabeza. Sabía que lo conveniente era olvidarse del tema y correr a la acera de la felicidad; no contarlos y no pensarlos; pero era muy difícil, porque de alguna forma el resentimiento suelta algo en el cerebro, que aunque el pensamiento lastima, la sensación nos da un incentivo para seguir pegados en el tema.

Pude notar que el diario vivir es una secuencia de sensaciones en las que nos metemos a nadar, en una o en otra, y que una vez dentro del agua es difícil salir. Cuando pienso en las cosas lindas, voy de una a otra, haciendo una lista maravillosa. Así como cuando algo me molesta, todo empieza a molestarme y me quedo pegado en eso. Hoy sucede con el resentimiento; que me tenía inmerso en esa lista y esas sensaciones que no me dejan salir; que no me gustan y que no terminan de no gustarme.

Entonces, ya sé lo que voy a hacer, y también sé que vos sabés que es lo que mejor te conviene; buscaré en mi caja de herramientas lo que necesito para botar esa puerta de ese cuarto en el que hoy estoy encerrado, y salir a buscar la luz o nuevos y mejores temas. No sé cuál herramienta, así que no te lo puedo decir. Lo que sí sé es que tengo que tomar acción para salvar el sistema y para que la felicidad no se maltrate. Te recomiendo que hagás lo mismo cuando estés en estas circunstancias. Aunque no sé qué recursos y qué herramientas son las adecuadas.

Por eso y por lo pronto, me voy de viaje... me voy al interior de Vinicio Jarquín.

¡Buenos días Chitos!, donde quiera que estén.
Vinicio Jarquin .com

La manguera

Usualmente, mi pareja y yo, pasamos fuera de Costa Rica durante un mes, dos veces al año. O sea, si los números no mienten, salimos de viaje cada cinco meses, si el tiempo y el dinero lo permiten. Cuando nuestra salida es en invierno en casa, no hay problema con el jardín delantero y el patio trasero, porque la lluvia se encarga de mantener las plantas con vida, y la muchacha que nos ayuda se ocupa de las de la terraza que están bajo techo.

El problema se presenta en esos meses de verano, que aunque la chica se encarga de las mismas, le tomaría mucho tiempo regar el jardín, y teníamos que buscar una solución para mantener con vida todo lo sembrado, incluyendo el césped.

Existen muchas opciones, desde una manguera con muchos huequitos que mantienen el suelo húmedo, gota a gota, hasta sistemas muy avanzados con temporizador, con ruta programada, con cantidad de agua específica, y no sé cuántas cosas más. A ratos siento que por lo que cuestan, hasta podría sembrarnos las matas y recoger los frutos; pero no es cierto.

Nos inclinamos por uno muy inteligente y funcional. Colocamos el aparatito que se regula para que deje pasar agua, el tiempo que queremos y a las horas que consideremos conveniente. La programación estuvo a cargo de mi pareja, quien pacientemente sentado en la mesa, con baterías nuevas e instrucciones muy claras en varios idiomas, logró programarlo bien. Ya su trabajo estaba listo, y se fue a preparar la cena, mientras yo me encargaba de la parte física. No porque uno sea mejor que el otro en determinada tarea, sino porque así fue como esta vez nos organizamos, casi automáticamente.

El "endemoniado" aparato era como un gran bicho extraterrestre, hasta parecía que pensaba y tenía vida propia. Se sostenía sobre tres patitas, con una cabeza móvil que pronto me daré cuenta que la hace para arriba y para abajo, dejando salir agua de una forma y luego de otra. O sea un chorro cuando va girando hacia la derecha, y agua a modo de aspersión cuando lo hace girando hacia la izquierda.
Yo no sé qué tanta vida propia tendrá, la verdad es que soy muy poco conocedor en ese tema de la inteligencia artificial, que algunas veces, tengo que confesar, sobre pasa mi inteligencia natural. O sea que no siempre lo mejor es lo natural; pero eso es otra historia. Dejame seguir contándote.

Ese bicho malvado tenia unos anillos con picos alrededor de lo que parecía su cuello. Al principio pensé que era para algún tipo de ajuste, y luego me di cuenta que probablemente sería sólo para lastimarme los dedos; sin embargo leyendo el folleto pude constatar que sí, efectivamente, eran para ajuste. Se podían ordenar de dos maneras, con unos podías decidir en que sector del círculo por donde daría vueltas en el patio podía empezar a tirar agua, y hasta donde lo haría, o sea en que momento tendría que detenerse. Y como te dije, empieza aquí tirando chorros de agua, y se detiene allá, donde le indicaba, y se regresaba mojando en aspersión. 

Además tenía otro ajuste, ya esto estaba siendo muy difícil, para controlar que tan lejos y que tan cerca debería mojar en cada ciclo. ¡Ay Dios!, espero estar explicándome bien.

La cuestión es que lo puse en la orilla de la terraza, para que mojara todo el césped y las plantas que estaban sembradas junto a la pared o tapia. Ya dijimos que las macetas de la terraza serían trabajo de Nicolasa, con eso no hay problema.

Programé, según yo con mucha habilidad, para que el aparato empezara por la izquierda mojando todo, con poca fuerza porque al estar cerca de la tapia, no quería que maltratara las plantas, más adelante en el circuito, se abriría el chorro para llegar a la esquina del patio, y bajaría luego la fuerza para pasar por la tapia del frente. Luego, otra vez, se abriría para llegar hasta la otra esquina y bajaría después para volver a mojar sin maltratar las que estaban cerca, junto a la otra pared.
En ese camino estaba la columna que sostiene el balcón del segundo piso, y como esta levantada prácticamente en el césped, yo necesitaba que mojara ahí también; y la columna me serviría perfectamente para esconderme cuando el sistema pasara, y no me mojara, y hacer las pruebas correspondientes.
No lo estaba logrando, o tal vez es un proceso normal. Yo estaba seco, el agua no me había pegado todavía a pesar de que entre pruebas y pruebas había mojado terraza, techo, vidrios, sillas, mesas y todo lo que estuviera cerca y a la vista. Todo era un desastre. Gracias a Dios la comida en manos de Luis Fer progresaba bien.

Una vez que terminé de ajustar la fuerza del chorro, el lugar donde debía empezar y donde debía terminar, ya estaba listo para las pruebas de aspersión.

La prendí y me paré detrás de ella. Empezó el ciclo maravillosamente. Comenzó donde le dije y avanzaba bien por el patio en un circuito de media luna. Como yo soy tan inteligente, naturalmente como te dije, yo giraba detrás del aparato conforme él lo hacía, para que el chorro no me pegara en esa fría noche. Llegó al punto de retorno sin problema, y se devolvió.
¡Caramba!, porque nadie me dijo que en el proceso de aspersión el aparato tiraba agua para todo lado, incluyendo para atrás que era donde yo estaba. Me empapó.

Salí corriendo para tratar de detenerla y donde puse mi mano en la boca del bicho, empezó a mojar para todo lado. Sí, para todo lado. Ya no podía ver por toda el agua que había en mis anteojos, y otra vez estaban mojadas las sillas, las mesas, la banca y todo lo que estaba cerca. ¡Una gran idea!, corrí al tubo que estaba detrás de la columna para cerrar el agua, pero mientras lograba llegar el sistema de aspersión había terminado, había pasado a modo chorro.  El bicho me alcanzó y acribilló mi espalda sin misericordia. No puedo recordar el grito que seguramente pegué. Luis Fer preguntó desde la cocina: "Todo bien por allá", "sí" -contesté yo. Jamás le iba a decir que ese bicho me estaba atacando, y que todo en la terraza estaba chorreando agua. Llegué a la llave de paso, cerré y todo bien. ¿Todo bien?, ¡claro!; si estar mojado, con el copete de pelo sobre la cara, y anteojos mojados, se le podía llamar -todo bien-.

Revisé otra vez las instrucciones del folleto, me familiaricé con el bicho que veía hacia el espacio como quien no quiere la cosa, ajusté las perillas y la cabeza, moví la base sobre la que había puesto el artefacto, y ya estaba listo para la siguiente prueba.

Encendí el sistema y todo parecía ir muy bien. Empezó el chorro mojando la zona que yo "hábilmente" le había indicado, estaba dando la vuelta sin problema. Se abría en las esquinas para llegar hasta el final, y se cerraba en las paredes para no maltratar las plantas, haciendo una media luna y manteniendo la terraza seca, ¡bueno!, sin mojarla más. Estaba dando la vuelta y se acercaba por mi derecha, sin disminuir la velocidad. No se esperaba que disminuyera la velocidad, eso fue parte de un dramatismo literario mío. Yo casi que estaba orando para que se detuviera donde tenía que hacerlo, y que no siguiera recto pasando con chorro por la terraza, que con las puertas abiertas hubiera mojado hasta la sala, y por supuesto que tampoco quería que llegara hasta donde yo estaba, y así fue, funcionó bien. ¡Tranquilo!
Sin embargo tengo que contarte, algo pasó, y eso fue lo que me hizo escribirte este capítulo de terror, en manos de un bicho regadero de jardín, que había cobrado vida, o que ya venía con vida antes de llegar a casa.
Continuaba su recorrido lentamente. Unos centímetros antes de que llegar donde yo estaba, me escondí detrás de la columna para que pasara mojándola, pero no a mi; cuando dejó de verme se detuvo. Sí sí, se detuvo. Asomé la cabeza para ver si había pegado con algo, y otra vez arrancó, casi arrancándome los anteojos de la cara.

Te juro que yo no sabía que sucedía, y no podía entenderlo. Se devolvió para terminar el ciclo y yo me quedé secándome, sintiéndome muy intrigado. El aparato llegó al inicio y volvió a empezar. Yo estaba listo para meterme detrás de la columna cuando viniera, porque tonto no soy. Venía despacio y con fuerza, y al llegar me escondí. El aparato se detuvo, supongo que viéndome. Otra vez saqué la cabeza para ver que sucedía, y otra vez arrancó y me mojó.

Como consejo te digo que este tipo de actividades de tanto riesgo, se deben hacer con pantalón corto o bañador, y una toalla cerca.

Esta historia se repitió al menos tres veces, y yo no podía descubrir la razón por la cuál ese aparato caído del espacio me odiaba. Yo sé que se han inventado muchas cosas, y no me extrañaría nada que tuviera inteligencia artificial, eso es posible en estos tiempos, todo es posible en estos tiempos; esa no era mi duda, sino que me preguntaba que habría hecho yo para molestarlo tanto; tal vez fue que cuando le di vueltas a los anillos de su cuello lo maltraté; o tal vez yo sentía que me odiaba, y para él sólo era un juego, y pensaba que nos estábamos divirtiendo. ¡Sí claro, que divertido! Yo estaba empapado y con cara de idiota. Hasta donde recuerdo de mi vida, esa no es una manera de divertirme. 

El tiempo parecía haberse detenido. Yo estaba detrás de la columna, el bicho al acecho, detenido, y Luis Fer en la cocina. ¿Pido ayuda?, ¿salgo?, ¿corro?, ¿lloro? o qué. Salí y me mojó.

Cuando di ese último paso para salir, sacrificándolo todo y con la cabeza baja para no mojar mis anteojos, y frustrado por lo que sucedía, pude darme cuenta que cada vez que me escondía majaba la manguera, y cada vez que salía liberaba el agua otra vez. El bicho no era inteligente, ni yo tampoco, tengo que confesar. Yo era el que cortaba el flujo de agua y hacía que el bicho sin alimento se detuviera.

La verdad es que esta historia es una de esas anécdotas que uno debería guardarse para sí, y no contárselas a nadie; pero hoy decidí incluirla en este libro, porque aunque todo eso fue frustrante, me hizo aprender mucho.

*   *   *   *   *   

El sistema de riego quedó listo e instalado; funcionando perfectamente. Sequé todo lo que pude de la terraza y me fui a comer. La cena estaba deliciosa. Más tarde ya en la cama, luego de un té caliente y con pijamas secas, pensé en lo que había sucedido esta noche.

No me sentí mal por no haber detectado lo que sucedía, esas cosas pasan, y la verdad es que me alegra que me sucediera, fue divertido viéndolo en retrospectiva. Pero me hizo preguntarme cuántas veces en la vida he estado en situaciones que no me gustan o que me molesta, que no entiendo por qué suceden y que culpo a los demás de lo que sucedía. Esta noche hasta pensé que ese aparato era caído del espacio, y que el universo estaba jugando conmigo o haciéndome bromas, y luego pude ver que era mi descuido el que me ocasionaba esos momentos de incomodidad.

Esta noche aprendí, que la próxima vez que me suceda algo que no me guste o que sienta que alguien más está jugando conmigo, primero revisaré mi actuar, mis movimientos y mis pasos, antes de suponer que hay un culpable que no sea yo. O sea que en esos casos pensaré que "todo lo creo, lo permito o lo provoco".

Por fa... no le cuenten esto a nadie; y si sí, no le digan que fui yo.


30 de diciembre de 2018

A las puertas del 2019


A las puertas del 2019
¿Cómo será mi recuento del 2018?

Vinicio Jarquin .com
28 de diciembre de 2018




Esta mañana, cuando Facebook me recordó mi cierre de año 2016, en el que viajé a todo el mundo, o bien a los cinco continentes habitados de la tierra, a algunos de ellos por primera vez, me preguntaba cómo será mi reporte al cierre del 2018, a las puertas del 2019.
Durante el día, mientras disfrutábamos de un hermoso paseo en familia en la finca, estuve dándole un poco de vueltas al asunto, pensando en lo vivido, lo sentido, lo conocido, lo amado, lo llorado y lo que tanto extraño. Pensando en cómo haría, o qué haría, para tener la fuerza de sentarme frente al computador, con una copa de vino, y resumir mi vida a estas alturas de mi recorrido.
Decidí hacer algo diferente. Me fui con mi sobrino a comprar un batido de fresas a la heladería Pops, para escribirlo de manera distinta. Pero como siempre, el animal viejo vuelve a sus viejas costumbres. Me tomé el batido, llené la copa de vino blanco, frío, y aquí estoy frente al monitor, desnudando mi alma. No sé si como escritor, como humano, como ser vivo, como hermano, como nieto, o sólo como yo. Un –yo- que de todos modos incluye todo lo anterior. Siempre, o cómo recientemente ha sido, con el corazoncito hecho un puño, dolido, feliz y triste a la vez.

A pesar de todo, trataré de no perder esa chispa que hace años se encendió en mi; esa chispa que intento mantener prendida para poder pasársela a otros, de mi vela a la suya, como en las graduaciones de Insight, para que juntos podamos iluminar el mundo.
Esa vela, como la que este año encendí en una iglesia en Paris, recordando todas las que mi abuelita encendió para mí durante sus ciento tres años, y mis cincuenta y cuatro. Candelitas que prendía para pedir por mis exámenes de la escuela, por mis negocios y por mis necesidades. Candelitas como las que mi hermano Norman, que hoy goza de la paz de Dios, le pedía a mi abuelita, que también disfruta de esa misma paz, para que le ayudara con sus pedidos o necesidades.
Espero, ¡en serio!, poder seguir teniendo esa flama dentro de mi; esa llama que añoro que alumbre al mundo, o en el peor de los casos, que sólo me ayude a iluminar mi camino, y tal vez al menos, para que otros me puedan ver cuando paso caminando despacio en medio de valles de sombra, en los que no temeré mal alguno, porque sé quién estará conmigo, y quién, con su vara y su cayado, me infundirán aliento.
Espero, ¡ojalá!, que mi llama pueda llegar un poquito a los corazones de algunos; alumbrarlos y tal vez calentarlos; porque así sabré que sigue vivo en mi el propósito de vida, y que sigo siendo digno de llevar la corona que alguna vez me entregaron en Egipto, cuando me coronaron como el Príncipe de tierras lejanas, el día que llegué siendo el hijo del Rey.
Luis Fer, mi pareja, mi amor y nuestro soporte más firme en la tierra, me dijo esta mañana: ¿Qué aprendimos en 2018?, ¿cómo crecimos?, ¿en qué forma nos encuentra 2019 más preparados para enfrentar las partes difíciles de la vida?
Estas preguntas podrían ser el material de este recuento. O más bien, lo que espero para 2019, luego de ver qué hice, por dónde anduve y qué viví en estos doce meses que dócil y tímidamente, terminan para siempre. Para mí y para todos ustedes, los habitantes del mundo entero.

Algunas veces he escrito acerca de Xanadú, el lugar al que quiero ir; el lugar en donde todo estará bien y en orden. Un lugar mágico. Un tema inspirado en la película de Olivia Newton, que vi con Norman hace años. Más pronto en el tiempo, escribí sobre Narnia, más o menos igual. Inventando un poco, describiendo en detalle el lugar al que me gustaría ir, en el momento específico de mi vida.
Tal vez mi vida se ha tratado, o mi vida como escritor, sobre los lugares a los que voy en la realidad, dándole la vuelta al mundo, y los mágicos lugares dentro de mi imaginación, a los que me gustaría llegar. Lugares que nadie conoce y que muchos imaginan; sin imaginar que Norman llegaría a ellos primero que yo.
Recién empezaba el 2018, aterrizamos en Santiago, la capital chilena; y ahí nos quedamos durante todo un mes, hospedados en un maravilloso apartamento en uno de los mejores edificios de la zona más exclusiva de la ciudad, desde donde pudimos disfrutar de las majestuosas montañas de los Andes, iluminados por la luna llena de enero. Nos quedamos todo un mes, recibiendo el seminario Insight IV, el último en el que participaré, la cereza del pastel. Compartiendo con 60 personas de diferentes países del mundo, principalmente de Latinoamérica.
Al final del seminario, Jacques Giraud nos dijo: Ya son graduados de Insight IV en Chile. Insight es un estilo de vida. Recuerda que cuando tenemos mayor conciencia, tenemos mayor responsabilidad. Ahora tienes un propósito, tienes mucha más claridad acerca de ti mismo. Lo único que necesitas es salir al mundo, y empezar a compartir desde tu corazón.

Una vez que llegó el verano europeo, recorrimos Francia. Una semana en Paris y luego paseando por la Provence que siempre quise conocer para ir a escribir. Estuvimos en la Costa Azul o en la Riviera Francesa, y pasamos lindos momentos en Marsella, Niza y en Montecarlo en Mónaco.
Más adelante en el año, en el otoño norteamericano, pasamos un tiempo en Canadá y en New York, y finalmente estuvimos unos días en Pensilvania, compartiendo con nuestra sobrina María José y sus hijas.
Nuestros viajes terminaron al ser el día veintitrés de octubre, dos días después de que mi hermano fue internado por segunda vez, por algunos problemas de salud que parecían no ser muy peligrosos.
Menos de un mes después, el día 19 de noviembre, fue llamado al cielo. Dejó sus cositas terrenales, y voló a la presencia de Dios. Dejándome un vacío como nunca antes había experimentado. Una soledad que nunca antes tuve, casi nunca había vivido sin él. De alguna manera era mi segunda mitad. El Cerebro de este Pinky que hoy escribe una historia nueva, en páginas blancas, sin él.
Tres semanas después de ese momento tan duro, mi abuelita se fue a encontrarlo, y hoy ambos viven con el Señor.
Fue un final de año de un dolor que jamás antes había tenido, y de lo que no hablaré mucho porque casi todo ha sido dicho en muchas de las publicaciones que he puesto en los últimos meses.
Sin embargo, no omitiré decir que la felicidad que me embarga, por la forma en cómo se dieron las cosas, es producto de esa paz que sobre pasa todo entendimiento. Que estoy bien, aunque con el corazoncito arrugado y apuñado; que voy bien, a pesar de dejar lágrimas a mi paso, gracias a tantísimas muestras de amor de amigos y familiares.

Pronto llegará el 2019, y lo recibiremos en la casa de nuestra amada Nevine, como ha sido costumbre desde hace unos tres años, hoy sin Norman. Pronto llegará el 2019, dejando atrás un 2018 que jamás olvidaré. Dejando atrás un año en el que el mayor y más importante viaje, lo hice a mi interior. Viajé al interior de Vinicio Jarquín, no tanto por el mundo, para revisar cómo me sentía, cómo crecer, qué aprendí, y qué espera el mundo de mí para lo que viene.
Pero principalmente qué espero yo de mi mismo. Cómo debo ser, cuánto crecí y qué hacer para ayudar al mundo. Abrazarlo y ayudarle a quien pueda, a convertirse en su mejor versión.
Poquito a poco, como arena entre los dedos, se nos escapa el 2018. Un año de dolor y aprendizaje. Ahora volamos al 2019 con la esperanza de seguir firmes como estamos, sabiendo que quien nos da la fuerza sigue vivo a pesar de los años y milenios.
Nos vamos juntos; mi mamá, Luis Fer y yo, al 2019; en donde sabemos que viviremos felices como siempre.

Amigos queridos, se acaba el año y empieza uno nuevo. Es sólo un cambio de calendario al que los humanos le hemos dado matices románticos. Sean felices, vivan felices, busquen la felicidad, y no la dejen escapar.

Soy Vinicio Jarquín, Pinky, caminando hacia el 2019. Mientras Norman vive en su propio Xanadú.



17 de diciembre de 2018


MCMXV


Vinicio Jarquin .com
10 de diciembre de 2018
MMXVIII


Cartago, Costa Rica.
Provincia localizada en el Valle del Guarco. Fue fundada en 1563 por el conquistador español Juan Vázquez de Coronado, y según él mismo, en un comunicado a S.M. el Rey Felipe II, se decía que: “Tracé una ciudad en aquel valle, en un asiento junto a dos ríos. Tiene el valle tres lenguas y media de largo y media de ancho; tiene muchas tierras para trigo y maíz; tiene el temple de Valladolid, buen suelo y cielo”.
Sin imaginar Juan Vázquez, que en 1915, nacería una niña con un temple como el que alguna vez describió en su carta al rey, y que 103 años después volaría al cielo con honor, en busca de la gloria.
En aquella gran otrora capital costarricense, una pareja de locales de la zona, se disponían a dar a luz otro de sus hijos, en el primer semestre de ese año. Fue una niña rubia de ojos claros, que años después pintaría sus cabellos de blanco puro y absoluto. Fue hija de Alejandro Gómez y Adelaida Arias. Llegó a vivir 103 años, y cuyos padres más tarde serían llamados Papa Alejandro y Mamalala, por sus descendientes.
Se casó con Alvaro Cedeño, tuvieron cinco hijos, quince nietos, bisnietos y tataranietos. Muchos de los cuales estuvimos con ella el día de su partida de este mundo. Fue una tarde hermosa, fresca y soleada, en el cementerio de Cartago, donde desde hacía década y media, más o menos, la esperaba su esposo, mi abuelito.
Aparte de su compañero de vida, solo un nieto y bisnieto se le adelantaron en este viaje al cielo.
Fue llamada Mami por sus hijos y algunos nietos; Mami Esperanza por otros, así como Doña Espe o Peran por algunos más.
Mami, mi abuelita. Fue una niña dulce y una adolescente vivaz, y luego se convirtió en una mujer divertida y recatada; de principios intachables y de reglas estrictas en su vida, en lo que a vivirla se refiere. Se afamó en las redes sociales por las fotos que nosotros hemos publicado, en los últimos años de avances tecnológicos, y su imagen pública era la de una abuelita de cuentos, con cabellos blancos platinados, una hermosa sonrisa, una dulce caricia al verla; y siempre peinada, vestida, perfumada y enjoyada, como quien va a una fiesta. Nunca anduvo como para estar en la casa, siempre caminó como si la vida tuviera que celebrarse ya.
También fue famosa por aquel delicioso pan dulce y las maravillosas chorreadas que cada vez que hacía, era por mí. Su receta de cajeta de coco era muy conocida, y la cajeta de zanahoria viajó por países, deleitando a muchos. Y muchas otras recetas suyas fueron sobresalientes. Como los macarrones en salsa blanca, el fresco de cas, la sopa de bacalao y la sopa de albóndigas; el ponche navideño, el pastel de atún y el pastel de carne con plátanos;  los maduros, las ensaladas, el merengue de mango verde, las frutas picadas en almíbar, los duraznos, los mangos picados en lonjas en una fuente al centro de la mesa; y por supuesto la famosísima Banana Split que sus nietos esperábamos con ilusión el día que le rezábamos al portal, aunque algunos de nosotros ya éramos mayorcitos. También recuerdo verla cuando tomaba café con ella, quitar las puntas de los baguette, que era lo que más le gustaba el pan.
Extrañaré ver su portal cada navidad, lleno de animalitos de todas las épocas de su vida, aunque alguno podría estar, incluso, sin una pata o una oreja. Extrañaré recorrer su casa, sentarme en sus sillones, acostarme en la alfombra y leer lo que de jóvenes escribíamos con lápiz bajo el sobre de la mesa de centro.
Fue la suegra de mi papá, fue como su madre. La relación entre ellos era más que maravillosa. Él la cuidó y estuvo pendiente de sus necesidades, cuando fuera y lo que fuera. Eso, indudablemente, hizo que nosotros tuviéramos una estrechísima relación con ella, porque era como si fuera abuelita por ambos lados. Viajábamos y paseábamos juntos, y nos hicimos cómplices y compinches en muchas actividades de la vida.
Muchas veces tuve miedo del día que ya no estuviera, del día que tuviera que irse a su encuentro con el Dios en el que he puesto mi fe, y con la Santísima Trinidad a la que ella veneraba. Pero el tiempo pasó y pasó. Pasaron los años y las décadas, y mami seguía con nosotros viendo nacer nuevas generaciones.
En los últimos años, ya pasados los cien, o pronto a cumplirlos, empezó a declinar poco a poco, se fue apagando como una palomita; y aunque seguía llena de vida y sin enfermedades, empezó lo que me atrevo a llamar la comunión con Dios, preparándose para la transición, suavemente.
Al ser el día 10 del último mes de este año, dio un último respiro, cerró sus ojos por un segundo, y los abrió ante el rostro del creador.
Son tantos los recuerdos que vienen a mi mente. Cada vez que sentado en una cobija me jalaba por su casa, cuando me dejaba bajar a jugar a la despensa, los regalos de Navidad y los regalos que me traía de sus viajes. Las comidas, las caricias, el tono como me llamaba Vini, su aceptación absoluta y declarada por la vida que me ha tocado vivir, su paciencia, su amor, su sabiduría, su compañía, y su todo.
Ojalá pudiera hacer un recuento, pero estoy seguro que durante el tiempo que me queda por caminar en estas tierras, de vez en cuando recordaré alguna cosa, y sonreiré por su vida y su amor.
Vivió una vida saludable, y no fue ninguna enfermedad la que decidió su tiempo de volar, fue un suave llamado del cielo.
Se fue tres semanas exactas después de que mi hermano tomara el mismo camino. Hoy pensé que tal vez el universo organizó mi vida y la de Norman, como si hubiera dicho que yo me encargaba de mi mamá en la tierra, y que él se encargaría de mi abuelita en el cielo.
Ambos tuvieron una hermosa transición de lo terrenal a lo celestial. Luego de estar presente en ambas situaciones, siendo testigo de la manera cómo sucedieron, puedo atreverme a decir que a ellos la muerte no los sorprendió, y que desde días antes de su despegue, ya estaban en comunión con el creador. Tal vez ya lo habían sentido en sus cuerpos, y quién sabe si también lo habrían visto.
Como lo he dicho antes, Mami no tuvo negocios con la muerte. La muerte no tiene nada que ver con ella. La misma vida que la trajo a principios del siglo pasado, es la que ahora viene a buscarla. Mami se va en Vida, se va con la Vida, se va a la Vida.
Como es obvio, pero vale la pena anotar; ninguno de nuestra familia ha pasado un solo día sin ella. Esto nos deja un vacío que se llena con la satisfacción de haberle dado una hermosa vida, consentida y amada. Hoy empezamos a escribir en hojas blancas de la historia; y sólo nos queda recodarla con cariño, y sonreír cuando venga a nuestros recuerdos.
Uno de cada una de cuatro generaciones de nuestra familia, la han antecedido en este caminar. Mi abuelo, mi papá, mi sobrino y mi hermano. Y ahora ella cumple también su misión, y descansa en la paz eterna.
¡Machita!, feliz viaje. Te amaremos por siempre, y tu recuerdo vivirá en medio de nosotros.

Vinicio Jarquin .com











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