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10 de enero de 2020

Dejarse llevar por la manada


 “Dejarse llevar por la manada”
Mantener un espíritu joven
“Las águilas vuelan juntas”



Vinicio Jarquín C.
10 de enero de 2020


Recientemente fui invitado a una reunión de personas mayores, y aunque al principio sentía que eso no iba conmigo, lo pasé muy bien con los integrantes, viendo cuantas cosas tenemos en común y aprendiendo un poco con respecto a la forma de relacionarnos entre nosotros y la manera en cómo debemos enfrentar al mundo en nuestra condición de hombres homosexuales que no tendrán hijos. En realidad fue una buena escuela en muchos aspectos. Y así como aprendí detalles que podrían ayudarme a vivir mejor, también noté ciertos aspectos que debo dejar de lado, porque no todo funciona siempre para todos.
En algún momento de la reunión alguien habló acerca de cómo se siente cuando está en medio de los jóvenes o de los muy jóvenes. Contó que en una oportunidad entró al área de piscinas de su condominio, y que por ser el día y la hora estaba lleno de chicos, algunos incluso menores de edad, que cuando él llegó le hicieron una mirada de: “¡¿qué hace ese viejo aquí?!”, y por lo tanto no se sintió bien y se fue. Por supuesto que esto generó varios o muchos comentarios de cómo se sienten en estos tiempos, siendo mayores y entre los jóvenes.
Al principio yo estaba un poco desubicado porque no era una sensación que hubiera experimentado antes, y me hizo hacer una revisión interna general y verificar qué tan perdido estaba yo con respecto a mi edad y mi apariencia, por qué era tan distinto a todos estos hombres, amigos reunidos, y por qué yo no podía sentirme parte de ellos en este caso específico. Los demás hombres continuaban con comentarios similares, dando énfasis al cuento inicial. Mi amigo había logrado armar “una manada” con respecto a esto, que es el término que se usa en temas de desarrollo humano para señalar cuando alguien intenta que los demás se solidaricen, o bien para sentirse parte de un grupo específico, y tal vez así lograr solidaridad o “agruparse” en un sentir determinado.
“La manada” me llamaba a ser parte de ellos, pero mi yo interno se negaba a unirse y solidarizarse. Sentía que tal vez yo era parte de ese grupo, pero que si no lo aceptaba o no lo declaraba, aunque fuera internamente, no me llevaría la ola y seguiría siendo un chico joven dentro de un cuerpo de más de medio siglo. La conversación cambio el rumbo y mi  subconsciente olvidó el tema hasta unos días después.
Tengo dos maravillosos escenarios en los que me llega la inspiración para pensar o para escribir, uno es cuando camino por mi jardín bajo el cielo de la noche, y descargo temas completos de la nube, o cuando estoy duchándome. Esta mañana mientras jabonaba mí cuerpo volvió el tema a mi mente, con algunas explicaciones y con directrices nuevas, al menos las que yo podría seguir, aunque no fueran las mismas de mis amigos reunidos aquella tarde de hombres maduros.
Me pregunté cómo hizo mi amigo para saber que las miradas de esos chicos significaban: “Qué hace ese viejo aquí”, tal vez sólo estaban pensando lo feo que era su bañador, su toalla o lo pasado de moda de sus sandalias, y en ese caso él estaría exportando el concepto que los muchachos tenían de su bañador, a el concepto que ellos tendrían de él en general, como quien hace un “copy/paste” de lo que le correspondía a su prenda, para darle “paste” a su persona. Aunque también podría ser que los chicos no estuvieran pensando en absolutamente nada con respecto a él, pero que él dedujo según sus esquemas y según la forma en cómo se siente, armó un juicio y le envió información definitiva a su subconsciente, casi como un virus que le fabrica creencias limitantes con respecto a su apariencia y su edad.
Mientras me ponía el champú en la cabeza pensé en cuánto me dejé llevar por “la manada” aquella tarde, y cuán viejo me sentía luego de aquellos comentarios, ¿Seré un viejo que se niega a serlo?, ¿me estaré creyendo mucho más joven de lo que soy?, ¿me veré ridículo aferrándome a la juventud cuando el espejo me mostraba que los años de pieles frescas y cabellos negros habían quedado atrás?, aunque todavía podía notar la sonrisa jovial de alguien de 55 años en 66 kilos, ¡gracias a Dios! En ese momento parado frente a mi lavatorio, se encendieron todas las alertas de mi yo interior y se dispararon las sirenas de mi subconsciente, algo o alguien había armado el escenario perfecto para que yo creara, sin darme cuenta, esa creencia limitante con respecto a la edad, y ciertamente tenía que atacarla con las herramientas que encontrara, porque aunque ciertamente los años de la juventud se fueron, no podía permitirme sentir que era un viejo, y mucho menos hacerme creer que a partir de ahora tendría incapacidad de relacionarme con los chicos que recién arman sus vidas, que tanto disfruto.
Salí del baño con una toalla en la cintura y otra en el cuello, para sentarme en la cama, tomar el iPad y escribir cómo me siento; necesitaba convencerme de qué no debo dejar entrar en mí, cómo evitarlo y cómo quiero vivir la vida y sentirme en ella.
Para no estar errado en mis auto-apreciaciones traté de repasar un poco mi participación en el mundo, tratando de recordar a todos aquellos jóvenes que tengo cerca, que disfrutan de mi compañía y yo de la de ellos. Chicos que sé que me buscan por mi forma de ser y de comportarme, sin dobles intenciones, y que por mi parte trato de ser lo que esperan, con un comportamiento sin malas intenciones y sin equivocar el objetivo de nuestra relación. Recordé cuando en las fiestas familiares me relaciono mucho con los sobrinos de mi pareja, y por supuesto no pude dejar de recordar cuando recientemente salí a un parque de juegos con mis sobrinos de 15 y 13 años, junto con algunos de sus amigos, y todos la pasamos muy bien. Supongo que ellos no podían dejar de notar mis canas, así como tampoco obviaron el hecho que igual que ellos grité en cada curva y en cada aceleramiento de ese artefacto que quería devorarnos, y aunque ellos se montaron en algunos juegos mecánicos de impacto, que yo evité para no lastimar este cuerpecito de más de cinco décadas, fui el único que mostró interés en algunos juegos de altura.
Creo que al borde de mi cama encontré el antídoto para el virus de la vejez que se estaba desarrollando como una espora de yogurt que puede duplicar su tamaño en días, y aunque el resultado no hizo que me sintiera más joven o desubicado, si me hizo estar consciente que la edad se lleva por dentro y que muchas veces el cuerpo no interesa tanto cuando queremos disfrutar a alguien, y así como muchos chicos me disfrutan en mis comentarios, en mis chistes y en la narración de mis historias por el mundo y por la vida, yo aprecio muchísimo su alegría y su forma de construir la vida por la que van caminando. Y no me refiero sólo a los chicos de menos de veinte, sino a los que llegan a los treinta, a los que se acercan a los cuarenta o a quienes con una vida armada y feliz pasan de esa edad. En fin, me gusta relacionarme con los jóvenes, y dichosamente hay cinco décadas de ellos, menos que yo.
En temas de desarrollo personal se habla de “Las águilas vuelan juntas” refiriéndose a que debemos estar con aquellos que nos lleven en la vida a buenas alturas para volar juntos, y no permitirnos volar con aquellos que lo hacen bajo y no nos retan a subir y ser mejores. Con esto ciertamente no quiero decir que me alejaré o me acercaré más a un grupo en particular, sino a la necesidad que tengo dentro de mí de volar alto con ciertos temas y con ciertas sensaciones que me gustan, porque entre más tiempo tenga la juventud dentro de mí, más tiempo seré joven.



15 de diciembre de 2019

Una caricia desde el cielo

Una caricia desde el cielo

Vinicio JarquÍn
14 de diciembre de 2019



Luego de la partida de mi hermano al cielo, este año decidí que el árbol de Navidad sería el de frutas de guayaba, que se luce erguido en el centro de mi jardín de gran tamaño, y que he pasado muchos meses arreglando, para que sea una hermosa vista desde mi terraza, al norte de la casa. 
En los primeros días del mes de noviembre empecé a decorar el árbol cuyos frutos habían sido consumidos en su totalidad, por las ardillas que llegan cada mañana, pese a los ladridos y la ira de KiKa, mi Beagle de cinco años. 
Luego de ponerle lucesitas blancas de Navidad, colgué en casi todas las ramas una gran cantidad de bolas navideñas de color rojo. Lamentablemente las luces dejaron de funcionar luego de la primera vez que el jardín fue regado para evitar que se secara.
Evitando la frustración de no tener un hermoso e iluminado árbol de Navidad que pudiera ser visto por mi hermano desde el cielo, compré otras extensiones de luces Led, de mejor calidad y más intensidad. ¡Está hermoso!
Una de las bombonas rojas quedó guindando en una rama más frágil y alejada de las otras, lejos de las de los otros árboles, lo que ocasiona que sea una de las que más se mueven con el viento, tanto hacia los lados, como de arriba hacia abajo. Esto lo digo porque de alguna forma será la “explicación científica”, para lo que sin explicación contaré.
Un día de estos tarde en la noche, estuve caminando por el patio, como algunas veces lo hago, porque de alguna forma me acerca un poco a mi hermano. Estaba cerca del árbol de guayaba, junto al de cas y dándole la espalda al de toronjas. Me había alejado de casi todas las bombas rojas para ver la tridimencionalidad que crean al estar a diferentes distancias de mi y entre ellas, y casi todas a distintas alturas, porque aunque usé dos largos en los hilos que las sostienen de las ramas, estas están en alturas irregulares. 
Mientras las veía y disfrutaba en la oscuridad de la noche, iluminado por las luces blancas del árbol y por el reflejo rojo de cada una, sentí como si algo, o alguien, me diera una palmadita en la espalda. No sentí miedo, y aunque pude haber deducido que era la bolita rezagada,  no pensé en nada, sólo disfruté el momento, tratando de convertirlo en una gloriosa coincidencia. De pronto fui interrumpido por otro golpecito igual, en el mismo lugar de mi cuerpo, y con la misma intensidad. 
Con atención revisé las bombas que colgaban frente a mi, para darme cuenta que no había viento y ninguna se movía. Me di la vuelta y pude ver la que estaba detrás, completamente quieta, igual que el resto de ellas que como soldados de un gran palacio o castillo, se mantenían serias, firmes e impávidas. 
Durante unos segundos nos vimos directo a los ojos. Ahí estábamos los dos, uno frente al otro, sin decirnos nada, pero diciéndonos de todo, mientras el resto de ellas seguían estables, como montando una guardia de honor.
Regresé mi mirada al frente para “masticar” o “saborear” lo que acababa de experimentar, y sin que pasara un minuto, y aunque los guardias rojos continuaban en su posición de nobleza, la bolita trasera dio una vuelta alrededor de mi hombro derecho, quedando posada en mi pecho, unos segundos después subió, paso rozando mi mejilla, dándome una caricia suave, y regresó a estar detrás de mi, como a unos cincuenta centímetros de distancia, dejando mi piel erizada. 
Todavía no sé qué movió a esa bolita, cómo pudo recorrer tanto espacio con un hilo tan corto, cómo se armó esa secuencia de movimientos, y por qué el resto de ellas se mantenían quietas y honrando.
Tal vez la rama es más flexible o tal vez el viento pasa diferente entre unas ramas y otras, no lo sé; lo que sé es que esa noche una de las bombillas rojas brillantes, me dio dos palmaditas y una caricia, y aunque pueda existir una explicación científica, yo disfruté el momento como parte de una magia sin explicación. 
Eso sucedió hace alguna semanas, y todavía cuando salgo al patio por la noche, veo a esta bola diferente a las otras, y el resto de ellas me ven distinto a como me veían antes de haber sido acariciado desde el cielo.


4 de diciembre de 2019

Paz durante la tormenta


Paz durante la tormenta


Vinicio Jarquín C.
4 de diciembre de 2019
Hospital Blanco Cervantes


Los últimos meses han sido difíciles para nosotros como familia, primero mi mamá empezó con un dolor en las piernas, seguido por un padecimiento de mi hermano, que terminó con su partida al cielo, acompañado por mi abuelita tres semanas después. Mientras que los dolores de piernas continuaban sin dar tregua nosotros pasábamos el proceso normal de dos penas de luto.
Sacando recursos financieros de donde no siempre era fácil o sencillo, empezamos a visitar médicos privados y especialistas que sugerían tratamientos u operaciones de altísimo costo, y la solución no parecía estar llegando ni pronta a aparecer.
Fuimos a la Clínica de Pavas por vivir en Rohrmoser, para revisiones generales de mi mamá, dándonos cuenta del excelente servicio, o a lo que nosotros nos parecía el gran servicio o atención de la clínica de nuestra zona.
Estando ahí y como los médicos resolvieron que el problema era un desgaste severo de cadera, nos remitieron al Hospital Blanco Cervantes, no tan cerca y muy desconocido para nosotros.
Llegamos al hospital un poco preocupados, ciertamente con actuar tímido ante lo nuevo, y con la esperanza de poder recibir un servicio al menos similar al de la clínica de Pavas. Fuimos sorprendidos.
Desde el primer día y desde la primera persona que nos atendió nos hizo sentir importantes, y más que eso, hizo que mi mamá sintiera que su padecimiento era importante para ellos, que estaban comprometidos con eliminar su dolor, con ayudarle a tener una mejor vida y con estar pendientes de ella.
Todos los días que tuvimos citas de revisión, con uno o con otro médico, fuimos atendidos antes de la hora acordada, las medicinas entregadas a tiempo, y el personal sonríe y está pendiente de un servicio de primer mundo, con letreros en las paredes, para ser leídos por el personal, que dicen: “Aquí todos los pacientes son ciudadanos de oro”, y parece que han hecho de esa frase su lema, su propósito y lo que los motiva para trabajar de la manera en como lo hacen. El personal sonríe a nuestro paso, dan los buenos días y ponen atención a cada una de nuestras consultas.
Luego de varias citas los especialistas en geriatría decidieron que mi mamá era candidata para entrar al programa de rehabilitación que ellos llaman “Hospital de Día”, y luego de las entrevistas con la terapeuta física, la terapeuta ocupacional, la terapeuta de lenguaje y la trabajadora social, fue aceptada en el programa que incluye dos visitas semanales durante dos meses.
Ya estamos muy pronto a terminar la incorporación en el programa, y estamos tristes por eso. Fueron momentos hermosos para los dos. Para mí porque siempre la dejé contenta y la veía feliz cada vez que íbamos para allá, y para ella porque verdaderamente le ha ayuda física, social y emocionalmente, porque lo ha disfrutado, porque ha conocido personas agradables entre sus compañeros de terapia y porque se ha sentido persona importante con todos los que han tenido que ver con ella, y con los demás.
Hoy ya no estamos tímidos ante lo que nos sucede en temas de salud, ni perdidos en cuanto a las soluciones o preocupados por el altísimo monto financiero que resolvería el tema de salud, porque hoy nos hemos visto “cara a cara” con el  Blanco Cervantes y su personal, y esto nos hace sonreír y agradecer a Dios por cada uno de ellos y por la iniciativa de la Caja del Seguro Social, de tener este hospital para adultos mayores.
Sólo una visita nos separa de salir del programa de Hospital de Día, y eso nos entristece un poco, pero queremos hacer una lista de las bendiciones recibidas y de los momentos felices, y no de la sensación de separación que ahora tenemos. Y estamos seguros que el camino que todavía nos falta, en citas y finalmente con la cirugía, será tan agradable como cada vez que tenemos que ir al hospital.
Como detalles tengo que mencionar que aunque hay sectores a los que el público no debería entrar, no hay nadie mal encarado que te detenga, alguien adentro te explica el procedimiento e indica dónde poder esperar. Se puede parquear a la entrada mientras se baja el adulto mayor y nadie parece estar a la defensiva, con aires de superioridad o complejo de autoridad.
La verdad es que como “usuario” no puedo estar más agradecido, y como escritor me cuesta encontrar las palabras para describir lo que se vive estando ahí, por dicha hemos ido tantas veces, y siempre salimos contentos y esperanzados.
A todos ellos, chicos sonrientes y preparados, mil gracias. Mil gracias por la atención que le dan a nuestros adultos mayores, y mil gracias porque se preparan día a día para cuando sea yo el que con pasos lentos y mirada baja tenga que cruzar sus puertas. Así, y con ustedes, no da miedo envejecer.


6 de febrero de 2019

Un momento en la inquisición


Un momento en la inquisición



Cerré mis ojos y me transporté al tiempo entre los años 1400 y 1500. Estaba la inquisición en su máximo apogeo.
No me importaba mucho, no tenía nada que ver conmigo, y tal vez sólo era un observador de lo que ocurría en esos tiempos monárquicos. De hecho, por un momento estuve feliz de ser testigo de esos tiempos y alejarme de los míos, a nivel de experiencia.
De pronto escuché a una mujer gorda, con faltante de piezas dentales, gritar: ¡Sara es bruja!
Un silencio sepulcral se apoderó del pueblo, hasta parecía que el viento había dejado de soplar, y por lo tanto ya no llegaban tanto esos aromas desagradables de basura en las calles, excremento humano, y personas que tenía semanas sin bañarse. Y podía seguir observando esas casas de recursos bastante limitados, descuidadas y de arquitectura diferente, si se le podía llamar arquitectura a esos ranchos pegados entre sí, separados por callejuelas en tierra, y algunas empedradas.
De pronto todo este –romanticismo histórico- fue interrumpido por la voz chillona de otra mujer que gritaba: ¡quemadla!
El viento empezó a soplar, realmente todo olía a mierda. Las ventanas de madera empezaron a abrirse y casi en coro las personas gritaban “¡bruja, quemadla!”, aunque yo podía estar seguro que muchos de ellos no sabían de quien se trataba, o qué cargos tenían en su contra. Era una histeria colectiva. Llegue a creer que lo hacían en un intento de poder gritar, a los cuatro hediondos vientos: “yo si soy bueno, yo no soy así”.
La gente empezó a congregarse en una plaza cubierta por excremento animal y algunas ventas callejeras, incluyendo comidas de apariencia bastante desagradable. Y poco a poco empezaron a presentar pruebas irrefutables, de la culpabilidad de la bruja.
Un señor dijo que a altas horas de la tarde, desde el techo de la casa de la señora, salía un humo blanco, más blanco del que él alguna vez había visto. Aseguraba que no podía ser nada más que un hechizo o que estaba cocinando brebajes para hacer sus fechorías.
Una señora de apariencia desagradable, que tomaba las manos de dos niños, aseguraba que cada vez que pasaba por la casa de la ya considerada bruja, ella veía a sus niños con una mirada que sólo el mismísimo diablo podía hacer.
Y así, esos argumentos empezaron a llegar, principalmente de mujeres que tal vez se querían comparar con la condenada, y que lo hacían con la esperanza de que los demás también pudieran ver la diferencia entre ellas, y llegaran a considerarlas santas, benditas y libres de todo pecado.
La bruja amarrada fue asida a un madero en medio de la plaza, un sacerdote católico comandado por la santa monarquía, escuchó los argumentos y dictó sentencia. No pasaron más de veinte minutos y ya estaba siendo levantada la hoguera.
Un hombre fornido, bajo las ordenes de la Santa Madre Iglesia se acercó para hacer los honores; con una tea fulgurante prendió los leños y la bruja fue quemada viva, mientras todos seguían gritando sus argumentos de condena y feliz de lo sucedido.
Todo terminó en poco tiempo, y cada uno fue regresando a su casa, tranquilos por el trabajo que habían hecho y satisfechos porque pudieron ser parte de este juicio justo que se le hizo a una mujer. Y por supuesto muy honrados de que sus argumentos fueran tomados en cuenta, aunque algunos de ellos fueron inventados momentos antes.
Yo ya no podía estar ahí ni un minuto más. Volví a cerrar mis ojos y con fuerza traté de volver a mi tiempo y a mi mundo. No podía ser testigo de esos falsos testimonios, porque aunque tal vez algunos si eran verdad, no lo sé, muchos se veían inventados y sacados de una leyenda urbana o de la impresión que alguno tuvo de la bruja.
Desperté en mi tiempo, frente a mi escritorio. Estaba feliz de que esta inquisición, al menos para mí, hubiera terminado.
¿Terminado?, en mi pantalla estaba Facebook. La inquisición no había terminado. La gente que publicaba decía cosas que no les consta. Condenaban a los acusados tan sólo porque no les simpatizaba, sin tomar en cuenta las resoluciones de las cortes.
Argumentos de personas que se dejan llevar por las masas, por lo que otros dicen, por lo que quieren inventar y por lo que desean decir. Seguros todos de que al condenar al sospechoso, sin juicio, los haría parecer santos, benditos y escogidos.
Personas que se regocijan mientras condenan a los que son diferentes o a aquellos que han sido acusados por un delito, sin esperar un juicio justo.
Volví a mis tiempos, y pude ver a más de uno, incluso de la mano de sus niños, condenar por puro gusto o movidos por sus más infames deseos.
Volví a mis tiempos, viajé de una inquisición a otra, y tengo que decir que aquí, como allá, también huele a mierda.

Vinicio Jarquin .com

23 de enero de 2019

¡ ¿ Resentimiento ? !

Algunas veces cuando escribo, el ego se apodera de mi, y expreso los detalles como si tuviera la respuesta correcta para todos; luego reviso lo anotado y trato de escribir más universalmente, o alguien llama mi atención con algún comentario, y permito a la humildad hacer su trabajo, y darle un giro a lo que consideré que era “la pomada canaria”, perfecta para todos.

Otras veces, como lo estoy haciendo en mi libro “El Viaje”, anoto la problemática o la situación, según corresponda, y señalo las herramientas que a mí me sirvieron en ese momento, por si pueden servirle a alguien. O finalmente como lo hago hoy, puedo escribir sin tener respuestas posibles, o “bateando” entre ellas, que es cuando no pretendo dar una posible solución, sino simplemente hacer conciencia de lo que sucede, para estar atento a la posible solución o alternativa, a la herramienta adecuada, o a ser permeable a lo que la vida quiera decirme para aprender, crecer y avanzar.

Esta mañana me cuestionaba acerca del resentimiento que algunas veces tengo con algunas personas, por acciones que hicieron o no hicieron, y quedó sin respuestas con respecto a mí actuar. Sé que los principios cristianos dicen que hay que perdonar y olvidar, pero ¿qué significa olvidar?, porque la memoria no se puede trabajar manualmente. También, alguien más -legalista- habla de poner la otra mejilla; pero eso de verdad se ajusta a nuestros tiempos, ¿andar por ahí recibiendo golpes y ponernos para que nos den otro?; y así, muchas preguntas se revientan contra y dentro de mi cabeza, tratando de encontrar la mejor solución. 

El autofacilitador que tengo instalado corre para buscar la mejor alternativa, analizar el equipo, como lo hace un ingeniero de sistemas, para encontrar el daño; aunque en este caso no funciona eso de "apagar y prender". Las herramientas aprendidas a lo largo de mi vida, se revuelcan en su caja esperando ser llamadas. Ellas no pueden actuar por sí solas, pero están listas para trabajar cuando sean solicitadas o llamadas a la acción.

La inteligencia emocional camina como si supiera las respuestas, pero está tratando de saber qué hacer. Ella tiene que descubrir las emociones y los sentimientos propios, reconocerlos, manejarlos y crear una motivación propia, así como gestionar las relaciones personales; pero tiene pocas variables para encontrar, tanto el problema como la solución. 
Y finalmente la resiliencia, que es la encargada de superar las circunstancias traumáticas, no puede dar en el clavo rápidamente, y aunque su posible solución generalmente va de la mano con los principios cristianos que tengo instalados, el autofacilitador no le da luz verde para la recuperación, y por lo tanto las herramientas siguen sin instrucciones claras para actuar, provenientes de la inteligencia emocional.

Creo que cuando nos vemos en una de esas circunstancias de resentimiento, muchos ya sabemos qué es lo correcto, la inteligencia emocional y la resiliencia lo indican, pero la verdad es que aunque sepa que es mejor dejar ir y olvidar, no encontramos las herramientas para hacerlo.

Esta mañana mientras revisaba Facebook pude ver la publicación de una amiga muy cercana; una nota que no tenía nada que ver conmigo, pero me hizo sentir resentimiento porque recordé que aunque somos o fuimos muy cercanos, no he recibido ni una llamada suya en los meses en que he estado pasando por el dolor del luto por las recientes pérdidas que tuve.

Entonces mi sistema "colapsó" (entre comillas porque no es para tanto), y empecé a hacer una lista de esas personas que últimamente han tenido acciones que no van con lo que yo llamaría "solidaridad". Esas personas que se esperaba que estuvieran cerca y que reaccionaran en determinados momentos, y prefirieron alejarse y como lo dijeron "hacer sus propias vidas", alejándose de la responsabilidad, y las obligaciones que trae la familia o el amor por ella.

La lista continuaba creciendo en mi cabeza. Sabía que lo conveniente era olvidarse del tema y correr a la acera de la felicidad; no contarlos y no pensarlos; pero era muy difícil, porque de alguna forma el resentimiento suelta algo en el cerebro, que aunque el pensamiento lastima, la sensación nos da un incentivo para seguir pegados en el tema.

Pude notar que el diario vivir es una secuencia de sensaciones en las que nos metemos a nadar, en una o en otra, y que una vez dentro del agua es difícil salir. Cuando pienso en las cosas lindas, voy de una a otra, haciendo una lista maravillosa. Así como cuando algo me molesta, todo empieza a molestarme y me quedo pegado en eso. Hoy sucede con el resentimiento; que me tenía inmerso en esa lista y esas sensaciones que no me dejan salir; que no me gustan y que no terminan de no gustarme.

Entonces, ya sé lo que voy a hacer, y también sé que vos sabés que es lo que mejor te conviene; buscaré en mi caja de herramientas lo que necesito para botar esa puerta de ese cuarto en el que hoy estoy encerrado, y salir a buscar la luz o nuevos y mejores temas. No sé cuál herramienta, así que no te lo puedo decir. Lo que sí sé es que tengo que tomar acción para salvar el sistema y para que la felicidad no se maltrate. Te recomiendo que hagás lo mismo cuando estés en estas circunstancias. Aunque no sé qué recursos y qué herramientas son las adecuadas.

Por eso y por lo pronto, me voy de viaje... me voy al interior de Vinicio Jarquín.

¡Buenos días Chitos!, donde quiera que estén.
Vinicio Jarquin .com

La manguera

Usualmente, mi pareja y yo, pasamos fuera de Costa Rica durante un mes, dos veces al año. O sea, si los números no mienten, salimos de viaje cada cinco meses, si el tiempo y el dinero lo permiten. Cuando nuestra salida es en invierno en casa, no hay problema con el jardín delantero y el patio trasero, porque la lluvia se encarga de mantener las plantas con vida, y la muchacha que nos ayuda se ocupa de las de la terraza que están bajo techo.

El problema se presenta en esos meses de verano, que aunque la chica se encarga de las mismas, le tomaría mucho tiempo regar el jardín, y teníamos que buscar una solución para mantener con vida todo lo sembrado, incluyendo el césped.

Existen muchas opciones, desde una manguera con muchos huequitos que mantienen el suelo húmedo, gota a gota, hasta sistemas muy avanzados con temporizador, con ruta programada, con cantidad de agua específica, y no sé cuántas cosas más. A ratos siento que por lo que cuestan, hasta podría sembrarnos las matas y recoger los frutos; pero no es cierto.

Nos inclinamos por uno muy inteligente y funcional. Colocamos el aparatito que se regula para que deje pasar agua, el tiempo que queremos y a las horas que consideremos conveniente. La programación estuvo a cargo de mi pareja, quien pacientemente sentado en la mesa, con baterías nuevas e instrucciones muy claras en varios idiomas, logró programarlo bien. Ya su trabajo estaba listo, y se fue a preparar la cena, mientras yo me encargaba de la parte física. No porque uno sea mejor que el otro en determinada tarea, sino porque así fue como esta vez nos organizamos, casi automáticamente.

El "endemoniado" aparato era como un gran bicho extraterrestre, hasta parecía que pensaba y tenía vida propia. Se sostenía sobre tres patitas, con una cabeza móvil que pronto me daré cuenta que la hace para arriba y para abajo, dejando salir agua de una forma y luego de otra. O sea un chorro cuando va girando hacia la derecha, y agua a modo de aspersión cuando lo hace girando hacia la izquierda.
Yo no sé qué tanta vida propia tendrá, la verdad es que soy muy poco conocedor en ese tema de la inteligencia artificial, que algunas veces, tengo que confesar, sobre pasa mi inteligencia natural. O sea que no siempre lo mejor es lo natural; pero eso es otra historia. Dejame seguir contándote.

Ese bicho malvado tenia unos anillos con picos alrededor de lo que parecía su cuello. Al principio pensé que era para algún tipo de ajuste, y luego me di cuenta que probablemente sería sólo para lastimarme los dedos; sin embargo leyendo el folleto pude constatar que sí, efectivamente, eran para ajuste. Se podían ordenar de dos maneras, con unos podías decidir en que sector del círculo por donde daría vueltas en el patio podía empezar a tirar agua, y hasta donde lo haría, o sea en que momento tendría que detenerse. Y como te dije, empieza aquí tirando chorros de agua, y se detiene allá, donde le indicaba, y se regresaba mojando en aspersión. 

Además tenía otro ajuste, ya esto estaba siendo muy difícil, para controlar que tan lejos y que tan cerca debería mojar en cada ciclo. ¡Ay Dios!, espero estar explicándome bien.

La cuestión es que lo puse en la orilla de la terraza, para que mojara todo el césped y las plantas que estaban sembradas junto a la pared o tapia. Ya dijimos que las macetas de la terraza serían trabajo de Nicolasa, con eso no hay problema.

Programé, según yo con mucha habilidad, para que el aparato empezara por la izquierda mojando todo, con poca fuerza porque al estar cerca de la tapia, no quería que maltratara las plantas, más adelante en el circuito, se abriría el chorro para llegar a la esquina del patio, y bajaría luego la fuerza para pasar por la tapia del frente. Luego, otra vez, se abriría para llegar hasta la otra esquina y bajaría después para volver a mojar sin maltratar las que estaban cerca, junto a la otra pared.
En ese camino estaba la columna que sostiene el balcón del segundo piso, y como esta levantada prácticamente en el césped, yo necesitaba que mojara ahí también; y la columna me serviría perfectamente para esconderme cuando el sistema pasara, y no me mojara, y hacer las pruebas correspondientes.
No lo estaba logrando, o tal vez es un proceso normal. Yo estaba seco, el agua no me había pegado todavía a pesar de que entre pruebas y pruebas había mojado terraza, techo, vidrios, sillas, mesas y todo lo que estuviera cerca y a la vista. Todo era un desastre. Gracias a Dios la comida en manos de Luis Fer progresaba bien.

Una vez que terminé de ajustar la fuerza del chorro, el lugar donde debía empezar y donde debía terminar, ya estaba listo para las pruebas de aspersión.

La prendí y me paré detrás de ella. Empezó el ciclo maravillosamente. Comenzó donde le dije y avanzaba bien por el patio en un circuito de media luna. Como yo soy tan inteligente, naturalmente como te dije, yo giraba detrás del aparato conforme él lo hacía, para que el chorro no me pegara en esa fría noche. Llegó al punto de retorno sin problema, y se devolvió.
¡Caramba!, porque nadie me dijo que en el proceso de aspersión el aparato tiraba agua para todo lado, incluyendo para atrás que era donde yo estaba. Me empapó.

Salí corriendo para tratar de detenerla y donde puse mi mano en la boca del bicho, empezó a mojar para todo lado. Sí, para todo lado. Ya no podía ver por toda el agua que había en mis anteojos, y otra vez estaban mojadas las sillas, las mesas, la banca y todo lo que estaba cerca. ¡Una gran idea!, corrí al tubo que estaba detrás de la columna para cerrar el agua, pero mientras lograba llegar el sistema de aspersión había terminado, había pasado a modo chorro.  El bicho me alcanzó y acribilló mi espalda sin misericordia. No puedo recordar el grito que seguramente pegué. Luis Fer preguntó desde la cocina: "Todo bien por allá", "sí" -contesté yo. Jamás le iba a decir que ese bicho me estaba atacando, y que todo en la terraza estaba chorreando agua. Llegué a la llave de paso, cerré y todo bien. ¿Todo bien?, ¡claro!; si estar mojado, con el copete de pelo sobre la cara, y anteojos mojados, se le podía llamar -todo bien-.

Revisé otra vez las instrucciones del folleto, me familiaricé con el bicho que veía hacia el espacio como quien no quiere la cosa, ajusté las perillas y la cabeza, moví la base sobre la que había puesto el artefacto, y ya estaba listo para la siguiente prueba.

Encendí el sistema y todo parecía ir muy bien. Empezó el chorro mojando la zona que yo "hábilmente" le había indicado, estaba dando la vuelta sin problema. Se abría en las esquinas para llegar hasta el final, y se cerraba en las paredes para no maltratar las plantas, haciendo una media luna y manteniendo la terraza seca, ¡bueno!, sin mojarla más. Estaba dando la vuelta y se acercaba por mi derecha, sin disminuir la velocidad. No se esperaba que disminuyera la velocidad, eso fue parte de un dramatismo literario mío. Yo casi que estaba orando para que se detuviera donde tenía que hacerlo, y que no siguiera recto pasando con chorro por la terraza, que con las puertas abiertas hubiera mojado hasta la sala, y por supuesto que tampoco quería que llegara hasta donde yo estaba, y así fue, funcionó bien. ¡Tranquilo!
Sin embargo tengo que contarte, algo pasó, y eso fue lo que me hizo escribirte este capítulo de terror, en manos de un bicho regadero de jardín, que había cobrado vida, o que ya venía con vida antes de llegar a casa.
Continuaba su recorrido lentamente. Unos centímetros antes de que llegar donde yo estaba, me escondí detrás de la columna para que pasara mojándola, pero no a mi; cuando dejó de verme se detuvo. Sí sí, se detuvo. Asomé la cabeza para ver si había pegado con algo, y otra vez arrancó, casi arrancándome los anteojos de la cara.

Te juro que yo no sabía que sucedía, y no podía entenderlo. Se devolvió para terminar el ciclo y yo me quedé secándome, sintiéndome muy intrigado. El aparato llegó al inicio y volvió a empezar. Yo estaba listo para meterme detrás de la columna cuando viniera, porque tonto no soy. Venía despacio y con fuerza, y al llegar me escondí. El aparato se detuvo, supongo que viéndome. Otra vez saqué la cabeza para ver que sucedía, y otra vez arrancó y me mojó.

Como consejo te digo que este tipo de actividades de tanto riesgo, se deben hacer con pantalón corto o bañador, y una toalla cerca.

Esta historia se repitió al menos tres veces, y yo no podía descubrir la razón por la cuál ese aparato caído del espacio me odiaba. Yo sé que se han inventado muchas cosas, y no me extrañaría nada que tuviera inteligencia artificial, eso es posible en estos tiempos, todo es posible en estos tiempos; esa no era mi duda, sino que me preguntaba que habría hecho yo para molestarlo tanto; tal vez fue que cuando le di vueltas a los anillos de su cuello lo maltraté; o tal vez yo sentía que me odiaba, y para él sólo era un juego, y pensaba que nos estábamos divirtiendo. ¡Sí claro, que divertido! Yo estaba empapado y con cara de idiota. Hasta donde recuerdo de mi vida, esa no es una manera de divertirme. 

El tiempo parecía haberse detenido. Yo estaba detrás de la columna, el bicho al acecho, detenido, y Luis Fer en la cocina. ¿Pido ayuda?, ¿salgo?, ¿corro?, ¿lloro? o qué. Salí y me mojó.

Cuando di ese último paso para salir, sacrificándolo todo y con la cabeza baja para no mojar mis anteojos, y frustrado por lo que sucedía, pude darme cuenta que cada vez que me escondía majaba la manguera, y cada vez que salía liberaba el agua otra vez. El bicho no era inteligente, ni yo tampoco, tengo que confesar. Yo era el que cortaba el flujo de agua y hacía que el bicho sin alimento se detuviera.

La verdad es que esta historia es una de esas anécdotas que uno debería guardarse para sí, y no contárselas a nadie; pero hoy decidí incluirla en este libro, porque aunque todo eso fue frustrante, me hizo aprender mucho.

*   *   *   *   *   

El sistema de riego quedó listo e instalado; funcionando perfectamente. Sequé todo lo que pude de la terraza y me fui a comer. La cena estaba deliciosa. Más tarde ya en la cama, luego de un té caliente y con pijamas secas, pensé en lo que había sucedido esta noche.

No me sentí mal por no haber detectado lo que sucedía, esas cosas pasan, y la verdad es que me alegra que me sucediera, fue divertido viéndolo en retrospectiva. Pero me hizo preguntarme cuántas veces en la vida he estado en situaciones que no me gustan o que me molesta, que no entiendo por qué suceden y que culpo a los demás de lo que sucedía. Esta noche hasta pensé que ese aparato era caído del espacio, y que el universo estaba jugando conmigo o haciéndome bromas, y luego pude ver que era mi descuido el que me ocasionaba esos momentos de incomodidad.

Esta noche aprendí, que la próxima vez que me suceda algo que no me guste o que sienta que alguien más está jugando conmigo, primero revisaré mi actuar, mis movimientos y mis pasos, antes de suponer que hay un culpable que no sea yo. O sea que en esos casos pensaré que "todo lo creo, lo permito o lo provoco".

Por fa... no le cuenten esto a nadie; y si sí, no le digan que fui yo.


Dejarse llevar por la manada

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