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17 de diciembre de 2018


MCMXV


Vinicio Jarquin .com
10 de diciembre de 2018
MMXVIII


Cartago, Costa Rica.
Provincia localizada en el Valle del Guarco. Fue fundada en 1563 por el conquistador español Juan Vázquez de Coronado, y según él mismo, en un comunicado a S.M. el Rey Felipe II, se decía que: “Tracé una ciudad en aquel valle, en un asiento junto a dos ríos. Tiene el valle tres lenguas y media de largo y media de ancho; tiene muchas tierras para trigo y maíz; tiene el temple de Valladolid, buen suelo y cielo”.
Sin imaginar Juan Vázquez, que en 1915, nacería una niña con un temple como el que alguna vez describió en su carta al rey, y que 103 años después volaría al cielo con honor, en busca de la gloria.
En aquella gran otrora capital costarricense, una pareja de locales de la zona, se disponían a dar a luz otro de sus hijos, en el primer semestre de ese año. Fue una niña rubia de ojos claros, que años después pintaría sus cabellos de blanco puro y absoluto. Fue hija de Alejandro Gómez y Adelaida Arias. Llegó a vivir 103 años, y cuyos padres más tarde serían llamados Papa Alejandro y Mamalala, por sus descendientes.
Se casó con Alvaro Cedeño, tuvieron cinco hijos, quince nietos, bisnietos y tataranietos. Muchos de los cuales estuvimos con ella el día de su partida de este mundo. Fue una tarde hermosa, fresca y soleada, en el cementerio de Cartago, donde desde hacía década y media, más o menos, la esperaba su esposo, mi abuelito.
Aparte de su compañero de vida, solo un nieto y bisnieto se le adelantaron en este viaje al cielo.
Fue llamada Mami por sus hijos y algunos nietos; Mami Esperanza por otros, así como Doña Espe o Peran por algunos más.
Mami, mi abuelita. Fue una niña dulce y una adolescente vivaz, y luego se convirtió en una mujer divertida y recatada; de principios intachables y de reglas estrictas en su vida, en lo que a vivirla se refiere. Se afamó en las redes sociales por las fotos que nosotros hemos publicado, en los últimos años de avances tecnológicos, y su imagen pública era la de una abuelita de cuentos, con cabellos blancos platinados, una hermosa sonrisa, una dulce caricia al verla; y siempre peinada, vestida, perfumada y enjoyada, como quien va a una fiesta. Nunca anduvo como para estar en la casa, siempre caminó como si la vida tuviera que celebrarse ya.
También fue famosa por aquel delicioso pan dulce y las maravillosas chorreadas que cada vez que hacía, era por mí. Su receta de cajeta de coco era muy conocida, y la cajeta de zanahoria viajó por países, deleitando a muchos. Y muchas otras recetas suyas fueron sobresalientes. Como los macarrones en salsa blanca, el fresco de cas, la sopa de bacalao y la sopa de albóndigas; el ponche navideño, el pastel de atún y el pastel de carne con plátanos;  los maduros, las ensaladas, el merengue de mango verde, las frutas picadas en almíbar, los duraznos, los mangos picados en lonjas en una fuente al centro de la mesa; y por supuesto la famosísima Banana Split que sus nietos esperábamos con ilusión el día que le rezábamos al portal, aunque algunos de nosotros ya éramos mayorcitos. También recuerdo verla cuando tomaba café con ella, quitar las puntas de los baguette, que era lo que más le gustaba el pan.
Extrañaré ver su portal cada navidad, lleno de animalitos de todas las épocas de su vida, aunque alguno podría estar, incluso, sin una pata o una oreja. Extrañaré recorrer su casa, sentarme en sus sillones, acostarme en la alfombra y leer lo que de jóvenes escribíamos con lápiz bajo el sobre de la mesa de centro.
Fue la suegra de mi papá, fue como su madre. La relación entre ellos era más que maravillosa. Él la cuidó y estuvo pendiente de sus necesidades, cuando fuera y lo que fuera. Eso, indudablemente, hizo que nosotros tuviéramos una estrechísima relación con ella, porque era como si fuera abuelita por ambos lados. Viajábamos y paseábamos juntos, y nos hicimos cómplices y compinches en muchas actividades de la vida.
Muchas veces tuve miedo del día que ya no estuviera, del día que tuviera que irse a su encuentro con el Dios en el que he puesto mi fe, y con la Santísima Trinidad a la que ella veneraba. Pero el tiempo pasó y pasó. Pasaron los años y las décadas, y mami seguía con nosotros viendo nacer nuevas generaciones.
En los últimos años, ya pasados los cien, o pronto a cumplirlos, empezó a declinar poco a poco, se fue apagando como una palomita; y aunque seguía llena de vida y sin enfermedades, empezó lo que me atrevo a llamar la comunión con Dios, preparándose para la transición, suavemente.
Al ser el día 10 del último mes de este año, dio un último respiro, cerró sus ojos por un segundo, y los abrió ante el rostro del creador.
Son tantos los recuerdos que vienen a mi mente. Cada vez que sentado en una cobija me jalaba por su casa, cuando me dejaba bajar a jugar a la despensa, los regalos de Navidad y los regalos que me traía de sus viajes. Las comidas, las caricias, el tono como me llamaba Vini, su aceptación absoluta y declarada por la vida que me ha tocado vivir, su paciencia, su amor, su sabiduría, su compañía, y su todo.
Ojalá pudiera hacer un recuento, pero estoy seguro que durante el tiempo que me queda por caminar en estas tierras, de vez en cuando recordaré alguna cosa, y sonreiré por su vida y su amor.
Vivió una vida saludable, y no fue ninguna enfermedad la que decidió su tiempo de volar, fue un suave llamado del cielo.
Se fue tres semanas exactas después de que mi hermano tomara el mismo camino. Hoy pensé que tal vez el universo organizó mi vida y la de Norman, como si hubiera dicho que yo me encargaba de mi mamá en la tierra, y que él se encargaría de mi abuelita en el cielo.
Ambos tuvieron una hermosa transición de lo terrenal a lo celestial. Luego de estar presente en ambas situaciones, siendo testigo de la manera cómo sucedieron, puedo atreverme a decir que a ellos la muerte no los sorprendió, y que desde días antes de su despegue, ya estaban en comunión con el creador. Tal vez ya lo habían sentido en sus cuerpos, y quién sabe si también lo habrían visto.
Como lo he dicho antes, Mami no tuvo negocios con la muerte. La muerte no tiene nada que ver con ella. La misma vida que la trajo a principios del siglo pasado, es la que ahora viene a buscarla. Mami se va en Vida, se va con la Vida, se va a la Vida.
Como es obvio, pero vale la pena anotar; ninguno de nuestra familia ha pasado un solo día sin ella. Esto nos deja un vacío que se llena con la satisfacción de haberle dado una hermosa vida, consentida y amada. Hoy empezamos a escribir en hojas blancas de la historia; y sólo nos queda recodarla con cariño, y sonreír cuando venga a nuestros recuerdos.
Uno de cada una de cuatro generaciones de nuestra familia, la han antecedido en este caminar. Mi abuelo, mi papá, mi sobrino y mi hermano. Y ahora ella cumple también su misión, y descansa en la paz eterna.
¡Machita!, feliz viaje. Te amaremos por siempre, y tu recuerdo vivirá en medio de nosotros.

Vinicio Jarquin .com











Todo está bien


Recientemente empezamos como familia y con amigos, a vivir un episodio de salud con mi hermano, que ha causado un gran dolor; pero que quienes me han seguido han entendido que tengo autoridad moral y espiritual para decir, que aunque aprieta el corazón, ha sido hermoso.
Por supuesto que podría pensarse que ya todo terminó, pero no es así. Las cosas siguen pasando y constantemente tenemos nuevas vivencias, pensamientos, sentimientos y circunstancias, para las que ciertamente no estábamos preparados, y que tenemos que lidiar con cada una a la vez, ojalá de la mejor manera.
Cuando Norman estaba enfermo, y en medio de aquello que yo sentía, que la verdad ni ahora puedo saber qué nombre ponerle, pensaba que la lección de la vida era muy costosa, y llegué a la conclusión de que no quería salir de todo esto sin reconocer mi aprendizaje, que me llevara a ser una mejor persona, y a tener las herramientas para vivir la vida con una caja de recursos que pudieran ayudarme. En resumen, no quería dejar de usar todo esto para aprender, crecer y avanzar.
Gracias a Dios así lo pensé, porque finalmente todo se ha convertido en otro de mis viajes. Y aunque no es alrededor del mundo, o viendo nuevos continentes, sí ha sido a mi interior. Por lo tanto…

Diario de viaje: en el interior de Vinicio Jarquín.

No compramos tiquetes, no hicimos reservaciones y no planeamos tours en otras ciudades; pero ciertamente sí estamos Luis Fer y yo en medio de este viaje, o frente a este viaje que nos llevará al interior de cada uno; aunque hoy voy a escribir por mí mismo.
No tuvimos que gastar dinero ni esfuerzo para reservar nuestro espacio en Primera Clase, Norman sí lo hizo, y así fue como voló, en un avión que se elevó al cielo, se perdió entre las nubes al mejor estilo de los viajes de Franklin Chang, y nunca más regresó. Aterrizó en los parajes del gran Señor del universo.
Sin embargo eso tampoco importa en este escrito, porque ahora no hablaré de Luis Fer, de Norman, de mi mamá, de mis hermanos, de mis amigos o familiares, o de tantas personas que han estado tan presentes en esta aventura de la vida, hablaré de mi. Este es mi viaje al interior de mi yo interior, de mi mismo.
Tengo que tener mucho cuidado, porque son muchas las sensaciones, para las que tampoco tengo un nombre qué ponerles, y lamentablemente me cuesta escribirlas o describirlas. Por lo tanto, como muchas otras veces, haré un canal de flujo de comunicación, entre mi inconsciente y el teclado, dejaré que las palabras salgan y se estampen en una hoja de papel en blanco, y luego las leeré, como lo hacen ustedes. Y esto será tan nuevo para mí, como lo será para ustedes.
La enfermedad de Norman apareció de pronto. No dio señales de que vendría, no dio advertencias y no nos preparó de ninguna manera para lo que llegaríamos a vivir. Fue un –algo- que se instaló en su cuerpo y que poco a poco fue restándole capacidad a sus órganos. Poco a poco fue apagando sus sistemas, incluyendo el cognitivo, y se lo fue llevando constante y despacito.
Estábamos frente al –bicho- que podríamos haber odiado desde el inicio, renegado o peleado; y aunque se hizo lo posible, siempre lo vimos como el vehículo de transporte que se lo iba a llevar a nuevos mundos, al mejor mundo en el que alguien podría estar cuando se cree en la vida eterna. Y desde el principio aprendimos, o aprendí, a no odiar la situación, sino a reconocer que todo era parte de un plan perfecto, y que el Dios al que le había creído, tenía el control de todo.
Sabía, creía y reconocía, que no sólo creía en Dios, sino que Dios creía en mí. Él confiaba en que yo confiaría. Tenía fe en que mi fe sería inquebrantable, al menos en esta situación. Dios y yo estábamos juntos; y aunque él era quien manejaba las cuerdas como quien controla un títere, en el buen sentido del término, y yo no sabía qué vendría, nunca olvidé en quién puse mi confianza.
Claro que no puedo considerarme como esos santos de la historia, que en situaciones como esta, o mucho peores nunca desfallecieron, pero esta vez lo logré.
Como lo dije antes, yo no quería salir de este episodio o situación, sin haber aprendido algo, y/o sin ser una mejor persona. Crecer, no sólo por mí, sino para honrar a Norman, que es lo que hubiera querido que yo hiciera. Como quien dice: “crecé… crecé”.
En el proceso de la enfermedad recordé que Dios tiene el control de todo, como cristiano que vive sostenido bajo estos principios; logré que mi condición de felicidad no se viera afectada, y sin mucho esfuerzo pude vivir todo esto sobre esa plataforma de felicidad que muchas veces he predicado, y aunque no sé si es eterna y/o permanente, porque vivo al día a día, por ahora sigue estando.
En todo esto experimentado, aprendí a vivir en esa neutralidad de la que muchas veces he escrito. En algún momento estaba tan convencido de que todo estaría bien, y sería tan perfecto, que no importaba si se iba o se quedaba, que todo estaría bien.
Hoy creo que no solo todo estará bien, sino que ya todo está bien, y que siempre lo estuvo.
Como cuando ando de viaje, estoy tomando fotos. Hago impresiones de cada sensación o emoción que llega. Estoy creando mi propio álbum imaginario de impresiones, para nunca olvidar este momento.
Estoy viviendo esto tan hermosamente, que hasta cuando estoy triste o lloro, me siento feliz y me siento bien.
El interior de Vinicio Jarquín, al menos para mí, es un lugar maravilloso en el que me encuentro con lo mejor de mí mismo, y barro lo que aparezca ensuciando un poco. Me siento feliz conmigo, me abrazo y me disfruto. Me he dado cuenta que la felicidad que siento al vivir afuera, viene desde muy adentro.
Yo no quería que esto terminara, si es que algún día terminará, sin haber aprendido, y desde hace algunos días supe que la misión fue cumplida; no porque terminó, sino porque día a día aprendo un poco, con cada foto que tomo a lo que llega. Y hoy me di cuenta de algo glorioso que va mucho más allá de mis capacidades.
Algunas personas me han escrito, luego de leerme, para pedirme sesiones de Coaching, porque creen que yo puedo ayudarles en algún aspecto de su vida. Esto no me alimenta el ego, me hace sentir bien por tener oportunidades para ayudar.
También, algunas personas me han escrito para confesarme que se han sentido inspirados, o en bienestar, luego de leer algunas cosas que escribí en estos días. Otra vez, el ego se mantiene intacto, casi intacto debo confesar. Y me hace reconocer que todo este proceso no sólo me hizo crecer a mí, sino que he sido usado o me he convertido en instrumento, de alguna manera, para tocar a otras personas; para que otros reconozcan lo que hay dentro; algo de dónde agarrarse en momentos difíciles, o bien para que alguno sienta la necesidad, o la motivación, para hacer un viaje similar a su interior, y encontrar las posibles bellezas que dentro tienen.
En este proceso, por lo tanto, no sólo crecí, aprendí y avancé, sino que fui usado. No sólo he sido apapachado por la vida, sino que algunos se han auto-apapachado a sí mismos. Y esto me encanta.
Me encanta porque aunque estoy tratando de dejar el ego de lado, y enterrar la falta de modestia, sigue siendo difícil de lograrlo. ¡Chitos!, diay, sigo siendo humano, y eso también me encanta, porque de alguna manera es un agridulce, en el buen sentido, que le da sabor a la receta que soy, estoy siendo, o llegaré a ser.
Es feo decirlo, pero lo diré. La situación de Norman, su enfermedad y su partida, ha sido triste y dolorosa; pero hermosa y de crecimiento. El no sufrió dolores o incomodidades, y eso es reconfortante; y por el resto, fue un viaje maravilloso; una partida con honor hacia la gloria.
Por supuesto que lo extraño, mucho más de lo que muchos de ustedes podrían imaginarlo. Lo extraño cuando voy a tomarme un café y su jarra está junto a la mía; cuando paso frente a su cuarto caminando hacia el mío; cuando estoy en el baño que compartíamos; cuando estoy en su taller de postres, en su taller de artes, o en su oficina. La verdad es que el mae tenía tomada la casa, sin contar el patio o las cuatro cocheras que había hecho suyas. ¡Qué cabrón!, y que ahora son mías y no sé qué hacer con tanto espacio y con tanto chunche.
Lo extrañé cuando llevé a lavar su carro, y cuando vino el chofer de la empresa para llevárselo. Cuando he llamado a sus bancos, al ICE, a la CCSS y a la abogada para ordenar las cosas legales.
Lo extraño durante el día, cuando lo pienso, cuando me voy a dormir, cuando estoy orando, cuando recién me despierto por las mañanas, y cuando estoy a la mesa solo con mi mamá, pensando en lo que fue su vida, y en lo que es la nuestra sin él.
Lo extraño cuando reviso su Facebook, cuando cierro sus aplicaciones del iPhone, cuando alguien me pregunta, y por supuesto cuando me veo a mi mismo, en el resto de la vida, sin él.
Sí, lo extraño mucho, y lo lloro muy a menudo porque en toda mi vida sólo pasé mis primeros cuatro años sin él. Porque nuestra historia ha estado muy ligada desde siempre, tanto que Luis Fer aprendió a amarlo y también era su hermanito. Lo extraño porque nuestras páginas escritas estaban muy en sintonía, y hoy escribo solo, sin él.
Sí, lo extraño mucho, lo lloro mucho, pero siempre lo hago en felicidad, porque sé dónde está, y porque me siento satisfecho.
Lo extraño. Lo extraño cuando entro a su cuarto y veo, sobre su cama, todavía sin desempacar, todos los regalos que le traje en el último viaje, y cuando veo todos los recuerdos que le he comprado alrededor del mundo.
Lo extraño, sí, y mucho. Norman fue mi otra mitad. Me arrancaron la otra parte con la que siempre viví durante 49 años, y ahora estoy, como quien aprende a caminar, aprendiendo a vivir sin él.
Sí, lo extraño, sobre una plataforma de felicidad. Lloro y río; sufro y sonrío; porque esa es la diferencia entre estar amargado, y llorar por amor.
Norman fue nuestro proyecto durante mucho tiempo. Alguien de quien siempre estuvimos pendientes. Pero también fue nuestra formidable red de apoyo en todo. Estaba pendiente de nosotros, de nuestras necesidades y nuestros gustos. Vivía pendiente de ayudarnos y de darnos comodidades y una mejor vida; y ya no está.
En estos días nos hemos encontrado con situaciones muy difíciles en las que Norman nos ayudaba, y no sólo eso, sino en circunstancias o frente a tareas de las que él se encargaba siempre.
He aprendido a cuidar el patio, aunque todavía no me he metido con las más de 14 tortugas. Aprendí de mecánica, a reparar los portones, la alarma y la central telefónica; y por supuesto la agenda compartida que teníamos para acompañar a mi mamá, la asumí por completo y con amor.
Sin embargo, aunque tenemos esos huecos en la red de apoyo, poco a poco los hemos ido solucionando, y nuestra vida está logrando alcanzar el nivel que esperábamos, dentro de una nueva normalidad, hasta que estemos listos para los cambios extremos, que tímidamente se asoman en el horizonte.
En resumen, lo extraño como nunca imaginé que sería, y aunque es difícil imaginar lo que llegará a ser mi vida sin él, disfruto la satisfacción que me deja. Disfruto cuando pienso, gracias a mi fe en la vida eterna, en dónde estará en este momento y qué estará viviendo.
Disfruto, en medio de este gran dolor, hacer ese viaje al interior de Vinicio Jarquín, que ha sido una de las más grandes y mejores experiencias de este proceso.
No puedo hablar con claridad de lo que siento o espero, pero el viaje sigue, y volveré a aparecer por aquí, cuando quiera decirles como me siento.
Soy Vinicio Jarquín, en el viaje interno más fuerte de mi vida. Un viaje inconcluso, que disfruto constantemente y a cada instante.

…continuará…











¿Cómo me siento?


Constantemente recibo mensajes amorosos, telefónicos y escritos, de personas que quieren saber cómo me siento, o cómo nos sentimos, luego de lo sucedido con mi hermano Norman, que fue llamado al cielo.
Familiares, amigos, conocidos y seguidores quieren estar presentes y apoyarnos de alguna manera. Por lo tanto quise escribir este reporte para todos o para muchos.

Reporte de Norman.

Recientemente vivimos uno de los momentos más dolorosos de la vida. Vimos como nuestro amado Norman se iba apagando poco a poco, pese al esfuerzo de muchos médicos que estaban muy pendientes, hasta llegar a apagarse por completo; dejando ir la vida terrenal.
En el proceso orábamos por un milagro. Muchos amigos enviaban sus oraciones, buena vibra y la luz que podían; rogando a Dios por un milagro. Como es costumbre en nuestra familia, sabíamos que al final todo saldría bien, que vendrían mejores tiempos y que todo era parte de un plan perfecto, y así fue. Esperábamos un milagro, y así fue. A Norman le fue concedida la vida eterna con tan sólo 49 años de preparación.
Nuestra fe inquebrantable estaba puesta en que Dios haría su voluntad, y que estaba al control de todo, y así fue. Nuestra fe sin reproches se mantuvo fuerte, y eso nos ha dado la fuerza que necesitamos al verlo irse.
No sé cuántas personas nos acompañaron en la “fiesta” de despedida en donde celebramos la vida de Norman; pero fueron tantos que llegó un momento en el que nuestro dolor de ese día, se fue disipando, y aprovechamos las horas que duró.
Al día siguiente estábamos ya sin él. No era fácil dejar de preocuparnos por los chicos, nuestros sobrinos; y por cómo estaría mi mamá; pero verdaderamente su fe, y la paz que sobrepasa todo entendimiento, nos ha mantenido a flote.
Hemos aprendido a recordarlo con alegría, a reír cuando viene a nuestra memoria alguna de sus ocurrencias, a ver sus fotos con ternura y escuchar sus videos sin colapsar.
Por supuesto que de vez en cuando se nos vienen unas lágrimas, de esas incontrolables; pero todo sobre una plataforma de felicidad.
Hubiéramos querido haber podido disfrutarlo por más tiempo, y aunque todavía no entendemos los motivos celestiales, sabemos que vendrán mejores momentos, y que todo tiene una razón.
Mi mamá, sin una sola pastilla, se mantiene firme. Aunque a ratos le duelen algunos recuerdos, está feliz porque sentimos que Dios nos carga en sus manos. Luis Fer y yo lo extrañamos mucho porque era nuestra más fuerte red de apoyo. Y no por lo que hacía por nosotros, sino porque era nuestro consentido.
Vil y Roger caminan firmes, igual que todos. También, como el resto, lo recuerdan día a día. No procuran olvidarlo, y no se lastiman a sí mismos, sufriendo más de lo necesario.
Los chicos han tenido una gran lección de vida, de fe y de amor. Estoy seguro que esto los hará crecer aún más.
Estamos bien. Nuestra vida de felicidad, que es el pilar principal sobre el que nos aferramos siempre y en todo momento, sigue inquebrantable. El dolor no es sinónimo de falta de felicidad. Hemos aprendido a extrañarlo y a sentirlo, sin perder la felicidad.
Estamos agradecidos por la forma en cómo se dio el proceso. Pensamos que ojalá todos tuviéramos la oportunidad de trascender de esa manera. Con el tiempo suficiente para compartir, para demostrar y recibir amor, para prepararse y para saber que Dios ha prometido algo mejor.
Todos quisiéramos, que el día que seamos llamados, poder hacerlo en la paz que lo hizo Norman, como premio a su vida.
No puedo negar que constantemente me duele. Cuando me voy a tomar un café, y su jarra verde está junto a mi jarra roja, o al revés, ya no recuerdo cuál es de cuál. Cuando veo sus matas, sus tortugas, su cuarto, sus obras de arte inconclusas, sus herramientas para pasta australiana, sus moldes de pastelería, su teléfono, su carro, sus fotos, y todo lo que alguna vez fue de él. Pero como dije antes, lo hago sobre una plataforma de felicidad.
Abrazo su recuerdo cuando estoy feliz, y cuando lagrimeo. Lo abrazo siempre. Incluso, tengo que confesar, he entrado algunas noches a besar su almohada antes de irme a dormir, y apago la luz con una sonrisa; agradezco a Dios por tenerlo donde lo tiene, cierro la puerta, me voy a mi cuarto, y duermo profundamente. Lo hago satisfecho por la vida que le di, y por ayudarlo tanto en el proceso que recién terminó.
Norman es, o fue, mi otra mitad. Le contaba todo. En algunos casos me aconsejaba, y en la mayoría me contradecía; pero finalmente así era la relación de Pinky y Cerebro, ¡¿qué se le va a hacer?!
Desde mis cuatro años, toda mi historia ha estado muy ligada a la suya. Casi no tengo “páginas escritas” en las que su presencia no aparezca siendo importante; y ahora me toca escribir lo que venga, sin él; pero lo haré por él, pensando en cómo lo haría, y tratando de no hacer las cosas por las que podría haberme regañado, partiendo de su intención de ser siempre un hombre mejor.
En resumen. Lo extrañamos, nos duele, a ratos lo lloramos; pero estamos bien, y estaremos bien.

Muchas gracias.



La felicidad




Una plataforma que debemos defender con bríos,
que sea inquebrantable.


Esta mañana me encuentro con que estoy de cumpleaños. En estos tiempos no hay manera de olvidarlo, porque Facebook maneja la agenda eficientemente y tus amigos recibieron notificación. Empezaron a llegar las felicitaciones. Aunque para ser sinceros, no lo he tenido muy presente, y a ratos no me acordaba. No hice planes ni pensé en celebrar.
Muchos mensajes muy lindos me deseaban felicidad en este día, muchas personas escribiendo sus mejores deseos y bendiciones, sin saber que estoy dentro de una de las semanas más duras que he tenido. Y sintiéndome un poco “hipócrita” al no estar sintiendo claramente eso que me deseaban.
Mi hermano menor fue operado, dos personas muy cercanas tuvieron quebrantos de salud y fueron al hospital, a Kika la lastimaron cortándole las uñas, y sangró por toda la casa. Y para terminar, el tornado de ayer se llevó 9 láminas del techo, y causó daños a las canoas.
Anoche antes de dormirme fui felicitado por Luis Fer, Norman y mi mamá, pero no estaba en mi mejor momento. Y aunque les agradecí, no sabía cómo enfrentar el día de hoy. Las fuerzas a ratos parecen no ser suficientes, y aunque he seguido en pie, temí sucumbir ante los sucesos que se estaban dando. Adicionalmente, mi primera celebración sería hoy, en la ventanilla de la Caja del Seguro Social, arreglando los papeles de Norman.
Anoche, hablando con Luis Fer:

—Ya veremos cuándo entro en modo de “felicitación” y me conecto al cumpleaños. Le dije. —Todavía estoy en modo “sobrevivencia”.
—Usted escoge cuándo se conecta. Pronto mejor. Fue su consejo.

        Me quedaba muy claro que depende de mí conectarme en modo de felicidad, pero costaba mucho olvidar todo lo que estaba pasando y viviendo. Sin embargo hice una revisión “del sistema”. Verifiqué mi estado. Usé el Autofacilitador que nos “instalaron” en Insight IV.
        Pensé en cómo me sentía, en qué sentía, en qué esperaba, y en qué recursos necesitaba para salir adelante. Revisé mi “caja de herramientas” de Insight, Psych-K, Tisoc, PNL, Coaching, etc., y aunque algunas podrían ayudarme, algo en mí intentaba sabotearme, o bien me sentía bien sintiéndome mal. Suena complicado, pero es algo así como el “pobrecito yo” lo que estoy viviendo.
        En la revisión “de daños” me di cuenta que seguía siendo feliz. A pesar de estar preocupado a ratos, seguía feliz; aunque en momentos estuve triste, la felicidad no se había ido. Podía darme cuenta que incluso en los momentos en que he llorado por tanto problema, sigo viviendo sobre una plataforma de felicidad.
        Era como cuando llega el verano y el pasto parece morir; pero sus raíces siguen firmes y fuertes, y el verde le saldrá con las primeras gotas de lluvia. Me di cuenta que no conozco lo contrario a “felicidad”. Puedo estar triste o lloroso, con cabanga o apesadumbrado, pero que la felicidad que he cuidado y chineado por décadas, no muere fácilmente.
        Esta mañana recibí el saludo de cumpleaños de un querido amigo, me decía que estaba un poco triste y golpeado por lo que sucede en el país, pero que publicaciones que he hecho en mi muro, lo hicieron reír. Me dijo que recordando lo que hemos vivido juntos, y mi personalidad, ayudó a darle un toque distinto con respecto a cómo se sentía, positivo. Y que leyendo las felicitaciones que estoy recibiendo, cargadas de positivismo, tomó más fuerza. Con sus palabras me hizo sentir que mi cumpleaños y los comentarios de mis amigos, le habían dado esperanza y le ayudaron a sentir amor. Dice que esto lo ha hecho sentir mucho mejor y contento. Terminó deseándome bendiciones y buenos deseos, y la esperanza de que tanto yo como los que estaban a mi lado, incluyéndose, también tuviéramos un buen día.
        Justo ahí estaba, mi segundo gran regalo de cumpleaños enviado en un audio. Lo abrí y una “tormenta” de sensaciones y revelaciones volaron a mi alrededor. Era como estar bajo una piñata llena de confeti de colores. Una luz me pegó. Volví en mí de inmediato. Vinny otra vez.
En esta semana que ha pasado, he tenido que afrontar serios desafíos, y en todos los casos salí adelante, como se esperaba que lo hiciera; consiguiendo recursos internos de lugares que tal vez ni sabía. Y ahora me veía frente a mi responsabilidad de ser lo que parezco, y de ser lo que soy siempre. Ya sea por cómo me ven las personas, o el respeto que me debo a mi mismo. Reaccioné rápidamente con respecto al mensaje que le he dado “al mundo” consistentemente.
Si la felicidad no se ha ido, no tengo nada que recuperar. Si la felicidad no ha muerto, no tengo nada que rescatar. Seguía siendo yo. Recordé momentos de risa entre lágrimas, de chistes entre problemas, y que a pesar de todo, nunca dormí mal.
Vinieron a mi memoria los guardas del hospital, que siempre fueron amables y la mayoría de médicos que en todo momento fueron cariñosos. Pude recordar al señor que no conozco, que ayer me ofreció llevarme a comprar láminas para el techo en su camioncito; y principalmente, al muchacho que hace trabajos en la casa, que con una actitud maravillosa, me solucionó el problema, como si hubiera sido enviado a abrazarme en un terrible momento, y de quien sentí apoyo.
Decidí entonces, darle un giro inmediato a la impresión que estaba dando o queriendo dar. Decidí intentar ser luz. Decidí luchar con fuerza y valor para mantener alto el estandarte de mi propósito de vida: “Felicidad de exportación” (“Ser feliz y compartir mi felicidad”).
Desayuné, me bañé, me vestí de la mejor manera. Y junto con mi hermano nos fuimos a hacer las vueltas del seguro. En una hora estuvimos de regreso, con todo resuelto, y no sin antes haberle hablado de la felicidad, a la chica que nos atendió en la plataforma de servicios. Le di un par de consejos en ese tema y con respecto a la forma en cómo debería tratar su subconsciente, y quedó agradecida y prometiendo que lo pondría en práctica.
Hace unos días, mientras lloraba al teléfono con Luis Fer y le hablaba de la impotencia que sentía en el hospital, me dijo: “tratá de ser luz en ese lugar”. Ese fue el primero de los regalos recibidos, unos días antes.
Hoy sé que la felicidad está tan bien “instalada” que las otras sensaciones que vienen han tenido que convivir con ella, porque ella nunca se apartó para darles espacio. Incluso cuando despedimos a mi papá, hace una década y media; lloraba “por la pérdida” y la separación, pero que algo en mi pecho me daba una linda sensación de satisfacción, esa era la felicidad, permanente, inquebrantable.
Dicho lo anterior, muchas gracias. Las felicitaciones que estoy recibiendo hoy, las bendiciones y los deseos de felicidad, son gotitas de combustible que caen en el tanque que me ayuda a moverme por el mundo.
Y a este amigo, este ángel, que hoy se tomó el tiempo para decirme lo que piensa de mi, muchas gracias. Tal vez pensó en hacerlo para que yo supiera cómo se sentía, sin imaginar que sus palabras fueron agua en el desierto, y que nuevamente he florecido.

Vinicio Jarquin .com    

Tributo a Norman


Soy Vinicio Jarquín entregando al cielo a quien me ha acompañado casi toda mi vida.

* * * * *

Un amigo me dijo que la siguiente vez que viera a Norman le preguntara cuál ha sido su momento más feliz en la vida, y que hiciera lo posible para que recordara detalles. Sin embargo no hubo tiempo, ya él estaba apagando su cuerpo poquito a poco. No estaba muy consciente, y luego de eso lo mantuvieron sedado por algunos días.
Entonces hice mío el ejercicio. Traté de recordar cuál es el momento más feliz o hermoso que tengo con Norman; y a pesar de haber vivido 49 años juntos, y tener miles de historias, una sola es la que repetidamente viene a mi cabeza.
Tuvimos muchos amigos en común, muchas fiestas, el recorrido dentro de los Seminarios Insight y por supuesto miles y miles de minutos verdaderamente recordables; pero siempre viene a mi mente el mismo instante.
Fue un jueves, en los primeros días del mes de enero de 1969. Yo ya había cumplido 4 años de edad, y lamentablemente muy poco recuerdo de aquellos tiempos. Lo que sí tengo muy presente es la mañana que fuimos al Hospital Calderón Guardia, para recoger a mi mamá y al chiquito, aunque tal vez ya para entonces era viernes.
Yo soy el tercero de cinco hijos, Norman el cuarto y Vilma la última. Entonces yo había vivido 4 largos años con dos hermanos mayores. Uno ya tenía siete y el otro casi nueve, ¡Eran unos rocos!
Esa fue la primera vez que yo tenía un hermanito, nunca antes alguien menor que yo había vivido en casa.
En aquellos días mi papá escuchaba, en su grabadora de cintas, la canción “Moliendo Café”. Una melodía que luego se convirtió en el ancla que me hace recordar el milagro de vida de Norman, y que siempre me ha hecho lagrimear, tal vez de emoción; y el siempre lo supo. De hecho siempre olvido el nombre, y tengo que preguntárselo.
Una tarde de estas, estando en el hospital, volví a  hacerle la misma pregunta que le he hecho cientos de veces. “Norman, ¿cómo se llama aquella canción que me transporta al tiempo en que naciste?”
Lamentablemente estaba muy cansado y muy débil, y era un día de esos en los que no quería hablar mucho, y tal vez sus pensamientos andaban divagando por ahí. Rápidamente hizo un gesto arrugando la boca, queriendo darme a entender que no recordaba.
Luis Fer sí quiso decirme el nombre, pero le hice un gesto para que no dijera, porque quería escucharlo de Norman una vez más.
Le insistí para que hiciera memoria. Tal vez era para que ejercitara su memoria, o tal vez porque quería escucharlo de su boca; pero el nombre de la canción nunca llegó a pronunciarlo.
Sin embargo, me vio y desvió la mirada hacia su izquierda, un tanto perdida y sonrío tímidamente. Aunque no pudo decirlo, y a pesar del respirador que le ayudaba a vivir, tarareó suavemente, despacito y a bajo volumen, la canción “Moliendo Café”. Mientras tanto, Luis Fer empezó a cantarla al ritmo que Norman llevaba. ¡Fue un hermoso entre los tres!

* * * * *

Hace 49 años y algunos meses, fui a recoger a mi mamá y a mi hermanito. Lo protegí, y lo amé. Y en estos últimos meses lo he cuidado con esmero y cariño. He intentado darle momentos de paz y tranquilidad. Estuve firme a su lado en los momentos difíciles en los que me necesitaba; y lo he amado tanto que desde hace muchos años se convirtió en el hermanito menor de Luis Fer. Juntos nos hemos encargado de muchas de sus necesidades y gustos.
Hace 49 años me lo trajo la vida, y ahora se lo entrego a la misma vida, para que se lo lleve a su cita con el Padre Celestial.
Norman no está aquí, está en el cielo. Él no ha muerto, nunca lo hará. Un día fue creado por Dios, y desde ese instante está en la Vida Eterna. Norman no ha muerto, nunca lo hará.

Un día de enero del 69 la vida lo trajo y aquí lo dejó, con una misión especial, para tocar los corazones de muchos, ser un hermano con el que siempre pudimos contar, y un hijo entregado al máximo. Hoy la vida viene por él.

En su paso por la tierra nunca tuvo nada que ver con la oscuridad, y nunca tuvo negocios con la muerte. La muerte no tiene nada que ver con él, se va en vida, se va con la Vida, se va a la Vida.
Aunque usó sus 49 años cuidando el espíritu que se llevará, recientemente le ha tomado seis meses preparar el cuerpo que dejó. Preparándose muy despacito para una transición de amor y paz. Preparándonos a nosotros para dejarnos unidos en fe y tranquilidad.
Usó estos meses para que todos nos fuéramos acostumbrando; para que sus amigos volcaran su amor y apoyo en nuestra familia; y para que algunas personas se acercaran a sus núcleos familiares.
Fue un proceso largo, o tal vez corto; en el que suavemente se ha ido apagando, en paz y sin dolor; sólo esperando que el Señor le diga: “Normitan, este es tu momento, podés subir a la vida eterna. Levantate y volá”.

Uno de estos días me dijo que ya sabía que haría en los días venideros. Pensé que se refería a uno de los negocios que teníamos planeado; pero no. Me dijo que se dedicaría a ayudar gente desde el cielo.

Por eso, hoy celebramos la vida, celebramos su vida. Y lo hacemos en felicidad. Porque aunque hoy lo lloramos y extrañamos, lo hacemos en una base de gratitud. Esto no es un sinsabor, no es miseria ni tragedia, no es lamentación, desgracia o angustia. Lloramos porque lo extrañamos y porque nuestros corazoncitos se sienten solos; pero lo hacemos con la paz del Señor, que verdaderamente sobre pasa todo entendimiento. Lo hacemos sobre una plataforma de felicidad, que procuraremos no perder jamás, como parte de la promesa que Dios nos hace.

Uno de estos días, junto a la cama del hospital, metí mi cara entre la suya y la almohada, y el recostó su rostro al mío. Luego le di un beso y durante muchos segundos nos vimos directo a los ojos. Todo está bien, nos dijimos. Sin decirnos palabra alguna le hice sentir que iría a un mejor lugar. Sin decirnos palabra alguna me hizo sentir que se iría tranquilo porque yo estaba a cargo.
En un momento de lucidez recordamos aquellos años en los que compartimos cuarto y tele. Y al verme llorando me dijo: “jálese un catre de esos”, refiriéndose a la cama que estaba junto a la suya. Nos reímos. Fue un hermoso momento.
Le puse aceite en las piernas y los pies, lo acaricié en los brazos y el pecho. Acaricié su frente y su cabeza, y me despedí. Lo dejé haciéndole la más hermosa de las sonrisas, mientras me dijo: “Que Dios te acompañe”.
Juntos hemos estado en casi cincuenta años de historia. Y hoy solo me resta agradecer a Dios por todos estos años que tuve en su compañía, y seguir escribiendo, sin él, las páginas que siguen.
Sé que lo voy a lograr, y lo sé por fe, aunque desde que recuerdo, no he tenido una vida sin él.
Durante muchos años hemos sido como “Pinky y Cerebro”, esos personajes de las caricaturas. Así nos llamaban nuestros primos y hermanos. Hoy solo soy “Pinky”, mientras que “Cerebro” ya vive en la presencia del Señor.

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Queridos amigos. Norman ha sido llamado al cielo.
Hagamos un ejercicio. Cerremos nuestros ojos en silencio. Concentrados. Y tratemos de sentir el aroma del queque que hoy él hornea para la fiesta de esta noche.
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Yo soy Vinicio Jarquin, y aunque estoy llorando de amor; y me duele el corazón, lo hago con fe y paz. Confiado en que todo es parte de un Plan Perfecto, y que Dios ha estado al control de todo este proceso, que aunque nos ha dolido mucho, ha sido hermoso.
Yo soy Pinky, devolviendo con humildad, al chiquito que Dios me prestó en 1969.

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          Vuela, mi querido Norman. “Que Dios te acompañe”.

Amén

Dolor humano


Hola querido Diario.

Jueves 6 de setiembre de 2018. Quiero contar un poco lo que hoy pasó, porque tuve un contacto, tal vez un poco rápido, con la realidad. Esa realidad a la que casi no estoy expuesto, y que si me pongo a pensarlo con cuidado, me doy cuenta que muchas personas en una posición menos privilegiada que la mía, puede ser que la sufran casi en el diario vivir, sin poder hacer mucho, porque no son escuchados o porque ellos mismos se sienten ciudadanos de segunda.

Yo no me sentí ciudadano de segunda, pero pude experimentar lo que es estar frente a alguien que sí se cree ciudadano superior, que no toma en cuenta el dolor humano o las situaciones de vulnerabilidad, y juega con los sentimientos de las personas.

No sé para que lo escribo, porque no les daré muchos detalles. Creo que lo hago para recordarme a mí mismo que siempre tengo que tratar de no ser como esta persona, y lo pondré en Facebook, para que cada año me lo recuerde en esta fecha.

Mi muy saludable hermano amado, fue trasladado en ambulancia, hace un par de días. Por supuesto nuestro mundo se puso “patas arriba”, creando un caos familiar, causándonos serias complicaciones anímicas a Mima, Luis Fer y a mí; pero que de alguna forma vamos superando poco a poco.

Esta tarde me llamaron de urgencia del hospital, porque hubo una situación delicada, por supuesto llegué muy rápidamente. Los guardas se portaron como siempre, muy amables, igual que el personal en general. De hecho hace unos días un oficial de seguridad me dijo que todos los que llegan ahí vienen con una emergencia médica, algunos la manejan bien, otros se muestran molestos o insolentes, pero que él tiene que tratarlos bien, marcar la diferencia, y entender el dolor humano.

Un guarda, que tal vez estudió poco en su vida, pero que no necesitaba libros, roce o títulos para saber lo que es la compasión y el amor. Para saber que el buen trato, aunque no sea para abrir puertas, puede no causarle más dolor a alguien que ya lo tiene, compórtese como se comporte.

Una persona que la tienen en un puesto de freno, para que no entre cualquiera, y que fue contratado “para caer mal”, aunque intenta hacer lo que le corresponde hacer, de la mejor manera, y así tocar un poquito el alma de los que llegan, aunque no siempre lo logra, pero que siempre sigue intentándolo.

Los doctores en general y los enfermeros, han sido seres humanos que prueban que están en el lugar en donde quieren estar. Personas que han escogido la profesión por amor o convicción. Algunos ya con experiencia y otros estudiantes o doctorcitos recién graduados, dispuestos a dar una sonrisa, y que pude observar dando un buen trato a muchas personas, aunque algunas de ellas pudieran no verse limpias o “ciudadanos de primera”, entrecomillado por supuesto.

Hoy me llamaron, una situación delicada se presentó con mi hermano. Cuando llegué tuve entrada libre por los guardas y los asistentes, hasta que me encontré con Pablo.

Un doctor arrogante que prueba que aunque el mundo siga siendo un lugar hermoso para vivir, no es perfecto, y siempre tendrá momentos desagradables o personas así.

En ningún momento quiso ayudarme, al contrario, fue arrogante y grosero. Podría pensar que tal vez estaba pasando un mal día, tal vez tenía un problema financiero, o tal vez un uñero lo estaba “matando”, no lo sé; pero ciertamente no está en un puesto en el que su estado de ánimo, por una uña encarnada, le permita jugar con el dolor ajeno.

No es posible que no entienda que quienes estamos ahí tenemos el alma “en la mano”, y las lágrimas a flor de piel, esperando el mejor momento para perder las fuerzas que nos ayudaban a contenerlas, como efectivamente sucedió.

Mi contacto con la realidad y la impotencia que sentía, no por ser menos, sino porque ver a quien se sentía superior a mí, y ciertamente al resto, tratarme como quisiera. No pude más, en el parqueo de ambulancias lloré.

No lloré sólo por el dolor que sentía, por la impotencia o por tener a mi hermano internado, lo hacía además porque alguien había agarrado mi corazoncito con su mano, y lo había apretado sin saber cuánto eso podía dolerme.

Por supuesto que no me dejé “majar”, en dos oportunidades, primero a solas con él, y luego junto a otro representante del hospital, le dije que “bajara dos rayitas al tono con el que me estaba hablando”, le hice ver que su posición ahí adentro no le daba derecho a tratarme así. Cuando me insistió que saliera del salón, sin dejarme explicar mi dolor o sin dejarme hacerle las preguntas que me acongojaban, le dije que me parecía que él tenía un problema con la autoridad, y que debería verlo.

Siento que lo hice pasar un mal rato, ¡pobrecito! Lamento que además del “uñero” mi presencia lo incomodara. Pero más siento que yo estuviera bajo su autoridad en un momento en que me urgía una respuesta, y lo menos que necesitaba era a alguien, mucho más grueso que yo, y mucho más alto, tratarme como ciudadano de segunda.

Cuando estaba afuera, intentando recuperarme de ese mal momento e procurando contener mis lagrimas, pude ver a muchas personas que probablemente tenían problemas mucho más grandes que el mío, o situaciones mucho más duras que la mía, y que probablemente estaban a punto de entrar a las fauces de un doctor despreciable y sin miedo a “comérselos vivos”.

Seamos sinceros y dejemos la modestia de lado un momento, yo no paso inadvertido con facilidad, y tengo la personalidad suficiente como para pedir un buen servicio, y exigirlo si es necesario. Ahora bien, no podía imaginar cómo le iría a la señora gorda de camisa de tirantes, con una carterita muy pequeña y sandalias, cuando tuviera que verse frente a frente con Pablo, o bien cuando tuviera que ver a Pablo al pecho, mientras este vería por encima de ella.

Como se sentirá ese señor de bigote despeinado, de camisa barata y jeans sucios, cuando se encuentre con Pablo allá adentro. Y que tal esa chica embarazada, que a pesar de tener unos ocho meses de gestación, no ha dejado de parecer una mujer sensual o pícara, si se me permite el juicio, probablemente injusto.

La verdad es que aunque las ropas de muchos de ellos, o sus caras, o su comportamiento sean muy distintos al mío, ni ellos ni yo estábamos en capacidad de pagar el Cima por una semana, aquí todos éramos iguales, todos somos iguales, y adentro, está Pablo esperando por nosotros, o desesperando por nosotros.

Ahí lloré. Pablo me había mostrado la realidad que casi nunca he vivido, o que no recuerdo haber experimentado antes. Pablo me mostraba lo que muchas de estas personas sufren día a día, en situaciones de dolor. En momento en que este doctor tiene la oportunidad de parecer superior, insensible o con poder ilimitado.

Me sentía solo. Norman estaba adentro con un problema serio. Entre él y yo estaba Pablo atacándome a mí, y probablemente no cuidando a mi hermano. Mi mirada perdida se acaba en el Paseo Colón que recién recibía la noche, bajo una suave lluvia. Todo confabulaba para que me sintiera miserable.

Recordé el actuar de mi papá. En una situación de estas hubiera dicho: “no importa, que hoy haga lo que quiera, mañana cuando yo llegue a mi escritorio, será mi momento de que las cosas cambien”.

No sé a qué se refería, pero si sé que en este momento, ya en mi escritorio de madera, el mismo que papá usó por décadas, las cosas se ven distintas. Aquí, resguardado bajo algunas lámparas de luz suave, con una copa de vino, frente al monitor y usando el teclado, las cosas cambian.

Ya sé quién es Pablo, donde vive, cuál es su Facebook, sus viajes, sus amigos, y un poco de su vida. Ya tengo sus fotos y pronto su historia irá a mi muro, y luego a mi libro, y de ahí a Amazon, aunque de momento sin apellidos, por lo menos mientras Norman sale de este trago amargo.

No intento tener venganza, sólo quiero tenerlo presente para estar seguro qué tipo de persona no quiero ser nunca en mi vida, y entender el porqué muchas personas que conozco, dicen que fueron mal tratadas, y es porque tal vez se encontraron con alguien como Pablo, “bordado a mano”, según él.

Mañana volveré al hospital, y probablemente me vuelta a encontrar a este doctor, y tal vez se muestre serio o arrogante, como hoy, pero yo iré distinto, iré como soy, iré como yo, porque sé que mi espíritu no se logra en un día, y que alguien como él no podrá quebrantarlo. Y sé que si me tocara ser Pablo por un día, lo sentiría como un castigo.

¡Pobre Pablo!, que desgracia ser él. Tan joven y tan “echado a perder”, qué vida te esperará.

Vinicio Jarquin .com

7 de agosto de 2018

Sed de sangre



Dichosamente nuestro país, comparado con otras naciones, incluso vecinas, no ha tenido grandes conflictos o situaciones fuertes, en las que tengamos que probar de qué estamos hechos, para defendernos interna o externamente.

Tal vez es por esa falta de “episodios” que se puede notar la “sed de sangre de algunos”.
La prensa publica las posibles ilegalidades de un político, y gran parte de la población lo “acribilla” en las redes sociales, confiando sólo en una noticia de un medio al que ayer no le creía. Un pequeño grupo lo defiende, y se arma un verdadero zafarrancho.

Detienen a un presunto asesino, y muchos, sin pruebas, lo juzgan, lo condenan, y escriben lo que ellos le harían si tuvieran la oportunidad de ser verdugo por un día.

Y si desgraciadamente no se encuentran pruebas suficientes en su contra, y queda libre por ser este un Estado de Derecho, entonces las miradas de odio se vuelven hacia las cortes, las leyes, o el gobierno; y empezamos a buscar culpables en la cadena de “favores” del sistema judicial.

Los diputados son víctimas del pueblo, como muy frecuentemente lo es el Presidente, una vez que asume el poder; y lo son todos los expresidentes, por no haber hecho las cosas como “las haría yo”.
Vivimos tiempos de “falta de amor”. ¡Si tan solo fuéramos más tolerantes y amorosos!

Los homosexuales hacen un plantón llamado “Llenemos a Costa Rica de amor”, con banderas, un domingo, en una plaza y sin molestar a nadie, y eso despierta el odio de miles o millones, y se leen las cosas más terribles en las redes sociales, aunque eso no tenga nada que ver con aquellos que despiadadamente escriben.

Otro grupo se lanza a las calles a luchar por causas que no existen, contra leyes que no están, o contra proyectos de ley que nadie ha presentado. ¿Será para saciar su sed de lucha?

Miles, tal vez millones, juzgan a los demás con Biblia en mano y diciendo lo que Dios dice o quiere, y en el camino demuestran su poco amor, o su odio, por ese grupo en particular.

Miles caminan en romería en un acto de fe y amor, y por otro lado juzgan al de al lado, emiten juicios y deciden cuáles de sus derechos deberían ser para todos y cuáles no.

Tal vez ese caminar es una preparación para lo que vivirán, un “discurso” de un líder que habla en contra de los derechos universales, y sobre la lucha que sus seguidores deben dar, en contra de enemigos que no existen, dragones imaginarios.

Interesantemente, en este país de paz, somos guerreros intolerantes y despiadados.

Lástima que tantos líderes religiosos quieran ser seguidos mediante la separación del pueblo, en lugar de intentar unirlos a todos en amor y en un gran abrazo.

En resumen, la falta de conflictos históricos, puede ser lo que nos hace buscarlos, y la escasees de líderes religiosos que prediquen un amor sin agendas ocultas, puede ser lo que tiene al pueblo luchando contra sus propias quimeras.

Siendo un pueblo de “igualados”, en el buen sentido, nos ha dado una ventaja competitiva en el mundo, y ayuda a que no tengamos muy marcadas las diferencias sociales; pero por otro lado, nos convierte a todos en jueces, presidentes, jugadores de fútbol y profetas de Dios; jinetes apocalípticos, juzgando y castigando.

Hoy practicaré la tolerancia y el amor.

Vinicio Jarquin .com

MCMXV Vinicio Jarquin .com 10 de diciembre de 2018 MMXVIII Cartago, Costa Rica. Provincia localizada en el Valle...