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10 de enero de 2020

Dejarse llevar por la manada


 “Dejarse llevar por la manada”
Mantener un espíritu joven
“Las águilas vuelan juntas”



Vinicio Jarquín C.
10 de enero de 2020


Recientemente fui invitado a una reunión de personas mayores, y aunque al principio sentía que eso no iba conmigo, lo pasé muy bien con los integrantes, viendo cuantas cosas tenemos en común y aprendiendo un poco con respecto a la forma de relacionarnos entre nosotros y la manera en cómo debemos enfrentar al mundo en nuestra condición de hombres homosexuales que no tendrán hijos. En realidad fue una buena escuela en muchos aspectos. Y así como aprendí detalles que podrían ayudarme a vivir mejor, también noté ciertos aspectos que debo dejar de lado, porque no todo funciona siempre para todos.
En algún momento de la reunión alguien habló acerca de cómo se siente cuando está en medio de los jóvenes o de los muy jóvenes. Contó que en una oportunidad entró al área de piscinas de su condominio, y que por ser el día y la hora estaba lleno de chicos, algunos incluso menores de edad, que cuando él llegó le hicieron una mirada de: “¡¿qué hace ese viejo aquí?!”, y por lo tanto no se sintió bien y se fue. Por supuesto que esto generó varios o muchos comentarios de cómo se sienten en estos tiempos, siendo mayores y entre los jóvenes.
Al principio yo estaba un poco desubicado porque no era una sensación que hubiera experimentado antes, y me hizo hacer una revisión interna general y verificar qué tan perdido estaba yo con respecto a mi edad y mi apariencia, por qué era tan distinto a todos estos hombres, amigos reunidos, y por qué yo no podía sentirme parte de ellos en este caso específico. Los demás hombres continuaban con comentarios similares, dando énfasis al cuento inicial. Mi amigo había logrado armar “una manada” con respecto a esto, que es el término que se usa en temas de desarrollo humano para señalar cuando alguien intenta que los demás se solidaricen, o bien para sentirse parte de un grupo específico, y tal vez así lograr solidaridad o “agruparse” en un sentir determinado.
“La manada” me llamaba a ser parte de ellos, pero mi yo interno se negaba a unirse y solidarizarse. Sentía que tal vez yo era parte de ese grupo, pero que si no lo aceptaba o no lo declaraba, aunque fuera internamente, no me llevaría la ola y seguiría siendo un chico joven dentro de un cuerpo de más de medio siglo. La conversación cambio el rumbo y mi  subconsciente olvidó el tema hasta unos días después.
Tengo dos maravillosos escenarios en los que me llega la inspiración para pensar o para escribir, uno es cuando camino por mi jardín bajo el cielo de la noche, y descargo temas completos de la nube, o cuando estoy duchándome. Esta mañana mientras jabonaba mí cuerpo volvió el tema a mi mente, con algunas explicaciones y con directrices nuevas, al menos las que yo podría seguir, aunque no fueran las mismas de mis amigos reunidos aquella tarde de hombres maduros.
Me pregunté cómo hizo mi amigo para saber que las miradas de esos chicos significaban: “Qué hace ese viejo aquí”, tal vez sólo estaban pensando lo feo que era su bañador, su toalla o lo pasado de moda de sus sandalias, y en ese caso él estaría exportando el concepto que los muchachos tenían de su bañador, a el concepto que ellos tendrían de él en general, como quien hace un “copy/paste” de lo que le correspondía a su prenda, para darle “paste” a su persona. Aunque también podría ser que los chicos no estuvieran pensando en absolutamente nada con respecto a él, pero que él dedujo según sus esquemas y según la forma en cómo se siente, armó un juicio y le envió información definitiva a su subconsciente, casi como un virus que le fabrica creencias limitantes con respecto a su apariencia y su edad.
Mientras me ponía el champú en la cabeza pensé en cuánto me dejé llevar por “la manada” aquella tarde, y cuán viejo me sentía luego de aquellos comentarios, ¿Seré un viejo que se niega a serlo?, ¿me estaré creyendo mucho más joven de lo que soy?, ¿me veré ridículo aferrándome a la juventud cuando el espejo me mostraba que los años de pieles frescas y cabellos negros habían quedado atrás?, aunque todavía podía notar la sonrisa jovial de alguien de 55 años en 66 kilos, ¡gracias a Dios! En ese momento parado frente a mi lavatorio, se encendieron todas las alertas de mi yo interior y se dispararon las sirenas de mi subconsciente, algo o alguien había armado el escenario perfecto para que yo creara, sin darme cuenta, esa creencia limitante con respecto a la edad, y ciertamente tenía que atacarla con las herramientas que encontrara, porque aunque ciertamente los años de la juventud se fueron, no podía permitirme sentir que era un viejo, y mucho menos hacerme creer que a partir de ahora tendría incapacidad de relacionarme con los chicos que recién arman sus vidas, que tanto disfruto.
Salí del baño con una toalla en la cintura y otra en el cuello, para sentarme en la cama, tomar el iPad y escribir cómo me siento; necesitaba convencerme de qué no debo dejar entrar en mí, cómo evitarlo y cómo quiero vivir la vida y sentirme en ella.
Para no estar errado en mis auto-apreciaciones traté de repasar un poco mi participación en el mundo, tratando de recordar a todos aquellos jóvenes que tengo cerca, que disfrutan de mi compañía y yo de la de ellos. Chicos que sé que me buscan por mi forma de ser y de comportarme, sin dobles intenciones, y que por mi parte trato de ser lo que esperan, con un comportamiento sin malas intenciones y sin equivocar el objetivo de nuestra relación. Recordé cuando en las fiestas familiares me relaciono mucho con los sobrinos de mi pareja, y por supuesto no pude dejar de recordar cuando recientemente salí a un parque de juegos con mis sobrinos de 15 y 13 años, junto con algunos de sus amigos, y todos la pasamos muy bien. Supongo que ellos no podían dejar de notar mis canas, así como tampoco obviaron el hecho que igual que ellos grité en cada curva y en cada aceleramiento de ese artefacto que quería devorarnos, y aunque ellos se montaron en algunos juegos mecánicos de impacto, que yo evité para no lastimar este cuerpecito de más de cinco décadas, fui el único que mostró interés en algunos juegos de altura.
Creo que al borde de mi cama encontré el antídoto para el virus de la vejez que se estaba desarrollando como una espora de yogurt que puede duplicar su tamaño en días, y aunque el resultado no hizo que me sintiera más joven o desubicado, si me hizo estar consciente que la edad se lleva por dentro y que muchas veces el cuerpo no interesa tanto cuando queremos disfrutar a alguien, y así como muchos chicos me disfrutan en mis comentarios, en mis chistes y en la narración de mis historias por el mundo y por la vida, yo aprecio muchísimo su alegría y su forma de construir la vida por la que van caminando. Y no me refiero sólo a los chicos de menos de veinte, sino a los que llegan a los treinta, a los que se acercan a los cuarenta o a quienes con una vida armada y feliz pasan de esa edad. En fin, me gusta relacionarme con los jóvenes, y dichosamente hay cinco décadas de ellos, menos que yo.
En temas de desarrollo personal se habla de “Las águilas vuelan juntas” refiriéndose a que debemos estar con aquellos que nos lleven en la vida a buenas alturas para volar juntos, y no permitirnos volar con aquellos que lo hacen bajo y no nos retan a subir y ser mejores. Con esto ciertamente no quiero decir que me alejaré o me acercaré más a un grupo en particular, sino a la necesidad que tengo dentro de mí de volar alto con ciertos temas y con ciertas sensaciones que me gustan, porque entre más tiempo tenga la juventud dentro de mí, más tiempo seré joven.



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