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23 de enero de 2019

La manguera

Usualmente, mi pareja y yo, pasamos fuera de Costa Rica durante un mes, dos veces al año. O sea, si los números no mienten, salimos de viaje cada cinco meses, si el tiempo y el dinero lo permiten. Cuando nuestra salida es en invierno en casa, no hay problema con el jardín delantero y el patio trasero, porque la lluvia se encarga de mantener las plantas con vida, y la muchacha que nos ayuda se ocupa de las de la terraza que están bajo techo.

El problema se presenta en esos meses de verano, que aunque la chica se encarga de las mismas, le tomaría mucho tiempo regar el jardín, y teníamos que buscar una solución para mantener con vida todo lo sembrado, incluyendo el césped.

Existen muchas opciones, desde una manguera con muchos huequitos que mantienen el suelo húmedo, gota a gota, hasta sistemas muy avanzados con temporizador, con ruta programada, con cantidad de agua específica, y no sé cuántas cosas más. A ratos siento que por lo que cuestan, hasta podría sembrarnos las matas y recoger los frutos; pero no es cierto.

Nos inclinamos por uno muy inteligente y funcional. Colocamos el aparatito que se regula para que deje pasar agua, el tiempo que queremos y a las horas que consideremos conveniente. La programación estuvo a cargo de mi pareja, quien pacientemente sentado en la mesa, con baterías nuevas e instrucciones muy claras en varios idiomas, logró programarlo bien. Ya su trabajo estaba listo, y se fue a preparar la cena, mientras yo me encargaba de la parte física. No porque uno sea mejor que el otro en determinada tarea, sino porque así fue como esta vez nos organizamos, casi automáticamente.

El "endemoniado" aparato era como un gran bicho extraterrestre, hasta parecía que pensaba y tenía vida propia. Se sostenía sobre tres patitas, con una cabeza móvil que pronto me daré cuenta que la hace para arriba y para abajo, dejando salir agua de una forma y luego de otra. O sea un chorro cuando va girando hacia la derecha, y agua a modo de aspersión cuando lo hace girando hacia la izquierda.
Yo no sé qué tanta vida propia tendrá, la verdad es que soy muy poco conocedor en ese tema de la inteligencia artificial, que algunas veces, tengo que confesar, sobre pasa mi inteligencia natural. O sea que no siempre lo mejor es lo natural; pero eso es otra historia. Dejame seguir contándote.

Ese bicho malvado tenia unos anillos con picos alrededor de lo que parecía su cuello. Al principio pensé que era para algún tipo de ajuste, y luego me di cuenta que probablemente sería sólo para lastimarme los dedos; sin embargo leyendo el folleto pude constatar que sí, efectivamente, eran para ajuste. Se podían ordenar de dos maneras, con unos podías decidir en que sector del círculo por donde daría vueltas en el patio podía empezar a tirar agua, y hasta donde lo haría, o sea en que momento tendría que detenerse. Y como te dije, empieza aquí tirando chorros de agua, y se detiene allá, donde le indicaba, y se regresaba mojando en aspersión. 

Además tenía otro ajuste, ya esto estaba siendo muy difícil, para controlar que tan lejos y que tan cerca debería mojar en cada ciclo. ¡Ay Dios!, espero estar explicándome bien.

La cuestión es que lo puse en la orilla de la terraza, para que mojara todo el césped y las plantas que estaban sembradas junto a la pared o tapia. Ya dijimos que las macetas de la terraza serían trabajo de Nicolasa, con eso no hay problema.

Programé, según yo con mucha habilidad, para que el aparato empezara por la izquierda mojando todo, con poca fuerza porque al estar cerca de la tapia, no quería que maltratara las plantas, más adelante en el circuito, se abriría el chorro para llegar a la esquina del patio, y bajaría luego la fuerza para pasar por la tapia del frente. Luego, otra vez, se abriría para llegar hasta la otra esquina y bajaría después para volver a mojar sin maltratar las que estaban cerca, junto a la otra pared.
En ese camino estaba la columna que sostiene el balcón del segundo piso, y como esta levantada prácticamente en el césped, yo necesitaba que mojara ahí también; y la columna me serviría perfectamente para esconderme cuando el sistema pasara, y no me mojara, y hacer las pruebas correspondientes.
No lo estaba logrando, o tal vez es un proceso normal. Yo estaba seco, el agua no me había pegado todavía a pesar de que entre pruebas y pruebas había mojado terraza, techo, vidrios, sillas, mesas y todo lo que estuviera cerca y a la vista. Todo era un desastre. Gracias a Dios la comida en manos de Luis Fer progresaba bien.

Una vez que terminé de ajustar la fuerza del chorro, el lugar donde debía empezar y donde debía terminar, ya estaba listo para las pruebas de aspersión.

La prendí y me paré detrás de ella. Empezó el ciclo maravillosamente. Comenzó donde le dije y avanzaba bien por el patio en un circuito de media luna. Como yo soy tan inteligente, naturalmente como te dije, yo giraba detrás del aparato conforme él lo hacía, para que el chorro no me pegara en esa fría noche. Llegó al punto de retorno sin problema, y se devolvió.
¡Caramba!, porque nadie me dijo que en el proceso de aspersión el aparato tiraba agua para todo lado, incluyendo para atrás que era donde yo estaba. Me empapó.

Salí corriendo para tratar de detenerla y donde puse mi mano en la boca del bicho, empezó a mojar para todo lado. Sí, para todo lado. Ya no podía ver por toda el agua que había en mis anteojos, y otra vez estaban mojadas las sillas, las mesas, la banca y todo lo que estaba cerca. ¡Una gran idea!, corrí al tubo que estaba detrás de la columna para cerrar el agua, pero mientras lograba llegar el sistema de aspersión había terminado, había pasado a modo chorro.  El bicho me alcanzó y acribilló mi espalda sin misericordia. No puedo recordar el grito que seguramente pegué. Luis Fer preguntó desde la cocina: "Todo bien por allá", "sí" -contesté yo. Jamás le iba a decir que ese bicho me estaba atacando, y que todo en la terraza estaba chorreando agua. Llegué a la llave de paso, cerré y todo bien. ¿Todo bien?, ¡claro!; si estar mojado, con el copete de pelo sobre la cara, y anteojos mojados, se le podía llamar -todo bien-.

Revisé otra vez las instrucciones del folleto, me familiaricé con el bicho que veía hacia el espacio como quien no quiere la cosa, ajusté las perillas y la cabeza, moví la base sobre la que había puesto el artefacto, y ya estaba listo para la siguiente prueba.

Encendí el sistema y todo parecía ir muy bien. Empezó el chorro mojando la zona que yo "hábilmente" le había indicado, estaba dando la vuelta sin problema. Se abría en las esquinas para llegar hasta el final, y se cerraba en las paredes para no maltratar las plantas, haciendo una media luna y manteniendo la terraza seca, ¡bueno!, sin mojarla más. Estaba dando la vuelta y se acercaba por mi derecha, sin disminuir la velocidad. No se esperaba que disminuyera la velocidad, eso fue parte de un dramatismo literario mío. Yo casi que estaba orando para que se detuviera donde tenía que hacerlo, y que no siguiera recto pasando con chorro por la terraza, que con las puertas abiertas hubiera mojado hasta la sala, y por supuesto que tampoco quería que llegara hasta donde yo estaba, y así fue, funcionó bien. ¡Tranquilo!
Sin embargo tengo que contarte, algo pasó, y eso fue lo que me hizo escribirte este capítulo de terror, en manos de un bicho regadero de jardín, que había cobrado vida, o que ya venía con vida antes de llegar a casa.
Continuaba su recorrido lentamente. Unos centímetros antes de que llegar donde yo estaba, me escondí detrás de la columna para que pasara mojándola, pero no a mi; cuando dejó de verme se detuvo. Sí sí, se detuvo. Asomé la cabeza para ver si había pegado con algo, y otra vez arrancó, casi arrancándome los anteojos de la cara.

Te juro que yo no sabía que sucedía, y no podía entenderlo. Se devolvió para terminar el ciclo y yo me quedé secándome, sintiéndome muy intrigado. El aparato llegó al inicio y volvió a empezar. Yo estaba listo para meterme detrás de la columna cuando viniera, porque tonto no soy. Venía despacio y con fuerza, y al llegar me escondí. El aparato se detuvo, supongo que viéndome. Otra vez saqué la cabeza para ver que sucedía, y otra vez arrancó y me mojó.

Como consejo te digo que este tipo de actividades de tanto riesgo, se deben hacer con pantalón corto o bañador, y una toalla cerca.

Esta historia se repitió al menos tres veces, y yo no podía descubrir la razón por la cuál ese aparato caído del espacio me odiaba. Yo sé que se han inventado muchas cosas, y no me extrañaría nada que tuviera inteligencia artificial, eso es posible en estos tiempos, todo es posible en estos tiempos; esa no era mi duda, sino que me preguntaba que habría hecho yo para molestarlo tanto; tal vez fue que cuando le di vueltas a los anillos de su cuello lo maltraté; o tal vez yo sentía que me odiaba, y para él sólo era un juego, y pensaba que nos estábamos divirtiendo. ¡Sí claro, que divertido! Yo estaba empapado y con cara de idiota. Hasta donde recuerdo de mi vida, esa no es una manera de divertirme. 

El tiempo parecía haberse detenido. Yo estaba detrás de la columna, el bicho al acecho, detenido, y Luis Fer en la cocina. ¿Pido ayuda?, ¿salgo?, ¿corro?, ¿lloro? o qué. Salí y me mojó.

Cuando di ese último paso para salir, sacrificándolo todo y con la cabeza baja para no mojar mis anteojos, y frustrado por lo que sucedía, pude darme cuenta que cada vez que me escondía majaba la manguera, y cada vez que salía liberaba el agua otra vez. El bicho no era inteligente, ni yo tampoco, tengo que confesar. Yo era el que cortaba el flujo de agua y hacía que el bicho sin alimento se detuviera.

La verdad es que esta historia es una de esas anécdotas que uno debería guardarse para sí, y no contárselas a nadie; pero hoy decidí incluirla en este libro, porque aunque todo eso fue frustrante, me hizo aprender mucho.

*   *   *   *   *   

El sistema de riego quedó listo e instalado; funcionando perfectamente. Sequé todo lo que pude de la terraza y me fui a comer. La cena estaba deliciosa. Más tarde ya en la cama, luego de un té caliente y con pijamas secas, pensé en lo que había sucedido esta noche.

No me sentí mal por no haber detectado lo que sucedía, esas cosas pasan, y la verdad es que me alegra que me sucediera, fue divertido viéndolo en retrospectiva. Pero me hizo preguntarme cuántas veces en la vida he estado en situaciones que no me gustan o que me molesta, que no entiendo por qué suceden y que culpo a los demás de lo que sucedía. Esta noche hasta pensé que ese aparato era caído del espacio, y que el universo estaba jugando conmigo o haciéndome bromas, y luego pude ver que era mi descuido el que me ocasionaba esos momentos de incomodidad.

Esta noche aprendí, que la próxima vez que me suceda algo que no me guste o que sienta que alguien más está jugando conmigo, primero revisaré mi actuar, mis movimientos y mis pasos, antes de suponer que hay un culpable que no sea yo. O sea que en esos casos pensaré que "todo lo creo, lo permito o lo provoco".

Por fa... no le cuenten esto a nadie; y si sí, no le digan que fui yo.


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