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6 de febrero de 2019

Un momento en la inquisición


Un momento en la inquisición



Cerré mis ojos y me transporté al tiempo entre los años 1400 y 1500. Estaba la inquisición en su máximo apogeo.
No me importaba mucho, no tenía nada que ver conmigo, y tal vez sólo era un observador de lo que ocurría en esos tiempos monárquicos. De hecho, por un momento estuve feliz de ser testigo de esos tiempos y alejarme de los míos, a nivel de experiencia.
De pronto escuché a una mujer gorda, con faltante de piezas dentales, gritar: ¡Sara es bruja!
Un silencio sepulcral se apoderó del pueblo, hasta parecía que el viento había dejado de soplar, y por lo tanto ya no llegaban tanto esos aromas desagradables de basura en las calles, excremento humano, y personas que tenía semanas sin bañarse. Y podía seguir observando esas casas de recursos bastante limitados, descuidadas y de arquitectura diferente, si se le podía llamar arquitectura a esos ranchos pegados entre sí, separados por callejuelas en tierra, y algunas empedradas.
De pronto todo este –romanticismo histórico- fue interrumpido por la voz chillona de otra mujer que gritaba: ¡quemadla!
El viento empezó a soplar, realmente todo olía a mierda. Las ventanas de madera empezaron a abrirse y casi en coro las personas gritaban “¡bruja, quemadla!”, aunque yo podía estar seguro que muchos de ellos no sabían de quien se trataba, o qué cargos tenían en su contra. Era una histeria colectiva. Llegue a creer que lo hacían en un intento de poder gritar, a los cuatro hediondos vientos: “yo si soy bueno, yo no soy así”.
La gente empezó a congregarse en una plaza cubierta por excremento animal y algunas ventas callejeras, incluyendo comidas de apariencia bastante desagradable. Y poco a poco empezaron a presentar pruebas irrefutables, de la culpabilidad de la bruja.
Un señor dijo que a altas horas de la tarde, desde el techo de la casa de la señora, salía un humo blanco, más blanco del que él alguna vez había visto. Aseguraba que no podía ser nada más que un hechizo o que estaba cocinando brebajes para hacer sus fechorías.
Una señora de apariencia desagradable, que tomaba las manos de dos niños, aseguraba que cada vez que pasaba por la casa de la ya considerada bruja, ella veía a sus niños con una mirada que sólo el mismísimo diablo podía hacer.
Y así, esos argumentos empezaron a llegar, principalmente de mujeres que tal vez se querían comparar con la condenada, y que lo hacían con la esperanza de que los demás también pudieran ver la diferencia entre ellas, y llegaran a considerarlas santas, benditas y libres de todo pecado.
La bruja amarrada fue asida a un madero en medio de la plaza, un sacerdote católico comandado por la santa monarquía, escuchó los argumentos y dictó sentencia. No pasaron más de veinte minutos y ya estaba siendo levantada la hoguera.
Un hombre fornido, bajo las ordenes de la Santa Madre Iglesia se acercó para hacer los honores; con una tea fulgurante prendió los leños y la bruja fue quemada viva, mientras todos seguían gritando sus argumentos de condena y feliz de lo sucedido.
Todo terminó en poco tiempo, y cada uno fue regresando a su casa, tranquilos por el trabajo que habían hecho y satisfechos porque pudieron ser parte de este juicio justo que se le hizo a una mujer. Y por supuesto muy honrados de que sus argumentos fueran tomados en cuenta, aunque algunos de ellos fueron inventados momentos antes.
Yo ya no podía estar ahí ni un minuto más. Volví a cerrar mis ojos y con fuerza traté de volver a mi tiempo y a mi mundo. No podía ser testigo de esos falsos testimonios, porque aunque tal vez algunos si eran verdad, no lo sé, muchos se veían inventados y sacados de una leyenda urbana o de la impresión que alguno tuvo de la bruja.
Desperté en mi tiempo, frente a mi escritorio. Estaba feliz de que esta inquisición, al menos para mí, hubiera terminado.
¿Terminado?, en mi pantalla estaba Facebook. La inquisición no había terminado. La gente que publicaba decía cosas que no les consta. Condenaban a los acusados tan sólo porque no les simpatizaba, sin tomar en cuenta las resoluciones de las cortes.
Argumentos de personas que se dejan llevar por las masas, por lo que otros dicen, por lo que quieren inventar y por lo que desean decir. Seguros todos de que al condenar al sospechoso, sin juicio, los haría parecer santos, benditos y escogidos.
Personas que se regocijan mientras condenan a los que son diferentes o a aquellos que han sido acusados por un delito, sin esperar un juicio justo.
Volví a mis tiempos, y pude ver a más de uno, incluso de la mano de sus niños, condenar por puro gusto o movidos por sus más infames deseos.
Volví a mis tiempos, viajé de una inquisición a otra, y tengo que decir que aquí, como allá, también huele a mierda.

Vinicio Jarquin .com

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